El exatleta paralímpico Oscar Pistorius durante su juicio en el Tribunal Superior de Pretoria en Sudáfrica, el 14 de junio de 2016 (EFE/ Kim Ludbrook / Pool)

El exatleta paralímpico Oscar Pistorius durante su juicio en el Tribunal Superior de Pretoria en Sudáfrica, el 14 de junio de 2016 (EFE/ Kim Ludbrook / Pool)

Desde que salió bajo un régimen estricto de libertad vigilada en enero de 2024, se lo suele ver siempre con pantalones largos para ocultar las prótesis, caminando en compañía de Maggie, su pequeña caniche marrón, por las calles del exclusivo suburbio de Waterkloof, en Pretoria, para dirigirse a la cafetería “Lucky Bread” donde desayuna siempre un capuchino y huevos fritos con tomate. Y también conversa un rato con sus amigos. Resulta llamativo que pocas personas lo reconozcan al cruzárselo en esos menesteres, porque el nombre de Oscar Pistorius sigue resonando muy fuerte en la memoria de los sudafricanos, tanto por los increíbles récords que logró como atleta paralímpico como por el crimen que cometió la madrugada del Día de los Enamorados de 2013, cuando asesinó a balazos a su novia Reeva Steenkamp.

A los 39 años, después de permanecer nueve años y con el peso de una libertad condicional que recién terminará en 2029, Pistorius está tratando de recomponer su vida. “Está intentando reintegrarse lentamente a la sociedad, pero eso lo está haciendo a través de familias con las que su familia ha estado unida durante décadas. Es un proceso muy lento”, dicen en su entorno más cercano.

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El exatleta vive en la mansión de su tío Arnold Pistorius, uno de los hombres más ricos de Sudáfrica. La residencia, equipada con una pileta de natación y gimnasio, es casi inaccesible, siempre custodiada por perros guardianes y un equipo de vigilancia privada. La rutina de Pistorius incluye visitas a la cancha de pádel local, aunque reconoce la dificultad de jugar con prótesis. El año pasado participó en una carrera de 70 millas en Durban, logrando el puesto 555 en la general y el tercero en la categoría de personas con discapacidad.

Otra de sus salidas habituales es a la iglesia, a la que asiste una vez a la semana, aunque eso moleste a algunos feligreses. “No queremos saber nada de él por aquí. Es como un fantasma. Ha desaparecido de la faz de la Tierra y la mayoría de la gente está contenta de que siga siendo así”, le dijo uno de ellos a un periodista del Daily Mail que preparaba un informe sobre su nueva vida.

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En este recomienzo de su vida en libertad lo acompaña su nueva pareja, Rita Greyling, una agraciada joven rubia, también con pasado de atleta olímpica, a quien muchos encuentran muy parecida de Reeva Steenkamp, casi como un calco de la novia asesinada. “No entiendo cómo una mujer puede confiar en él después de lo que hizo. Creo que Pistorius sigue siendo un peligro para las mujeres”, dijo la madre de Reeva al enterarse de la relación. Y agregó: “Nunca podré verlo de otra manera que como el asesino de mi hija”.

Reeva Steenkamp (ex novia), Oscar Pistorius y Rita greyling (actual)
A la izquierda, Reeva Steenkamp, la pareja de Pistorius hasta el momento en que le disparó; a la derecha, Rita Greyling, su pareja en la actualidad

El sonido de cuatro disparos —uno aislado y tres muy seguidos después de una pausa— entre las 3.12 y las 3.14 de la madrugada del 14 de febrero de 2013 despertó a la mayoría de los residentes del Silver Woods Estate, un complejo residencial rigurosamente custodiado de la zona este de Pretoria, la capital de Sudáfrica. Poco después, los vecinos más cercanos a la casa del habitante más famoso del barrio escucharon unos gritos desesperados: “¡Ayuda, ayuda, ayuda!”. Quien gritaba era Oscar Pistorius, “Blade Runner”, por entonces de 26 años, atleta conocido mundialmente por ser el primer corredor discapacitado en competir en los Juegos Olímpicos. La prensa lo llamaba “el hombre sin piernas más rápido del mundo”.

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Pieter Biaba, un guardia de seguridad del complejo, fue el primero en llegar. No tuvo dificultades para entrar a la casa, porque la puerta principal estaba sin llave. Segundos más tarde entraron Johan Stander, un vecino y amigo de Pistorius, su hija Clarice y Frankie Chiziweni, un empleado que dormía en el área de servicio de la vivienda. El cuadro que vieron los dejó paralizados. Pistorius, ensangrentado, estaba en la mitad de la escalera que llevaba al primer piso; en sus brazos cargaba a una mujer rubia, muerta o agonizante. Era Reeva Steenkamp, de 29 años, modelo y abogada, la novia de Pistorius, y también estaba cubierta de sangre. Stander fue el primero en reaccionar. Le dijo a un aturdido Pistorius que acostara a Reeva sobre la alfombra y llamó a una ambulancia. El atleta se arrodilló y dejó a su novia en el piso. Trató de abrirle la boca con un dedo, en un inútil intento de que respirara, mientras con la otra mano cubría una herida en la cadera, de la cual chorreaba sangre. La mujer tenía otras dos heridas de bala: una en el brazo izquierdo y otra, mortal, en el cráneo.

Unos minutos después llegó Johan Stipp, un médico que vivía a menos de cien metros.

—¿Qué pasó? —preguntó.

—Le disparé, pensé que era un ladrón y le disparé —le contestó en un grito Pistorius, que seguía intentando abrir con un dedo la boca de la mujer.

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Stipp le tomó el pulso a Reeva: no sintió nada; después le levantó el párpado derecho: no tenía contracción en la pupila.

—Está muerta —dijo en voz baja.

Al escuchar esa sentencia, Pistorius empezó a llorar y a decir, una y otra vez, como en una letanía: “La maté, maté a mi novia, ¡que Dios me lleve!”. A las 3.43 llegó la ambulancia y dos paramédicos confirmaron la muerte de la mujer. A las 4.15 llegó Hilton Botha el detective de Homicidios que se haría cargo del caso.

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Oscar Pistorius es escoltado por agentes de policía a su llegada al Tribunal Superior de North Gauteng, en Pretoria, Sudáfrica, el 6 de julio de 2016, para la lectura de su sentencia por el asesinato de su novia Reeva Steenkamp en 2013 (REUTERS/Siphiwe Sibeko/File Photo)
Oscar Pistorius es escoltado por agentes de policía a su llegada al Tribunal Superior de North Gauteng, en Pretoria, Sudáfrica, el 6 de julio de 2016, para la lectura de su sentencia por el asesinato de su novia Reeva Steenkamp en 2013 (REUTERS/Siphiwe Sibeko/File Photo)

Botha se dirigió al primer piso, donde estaba el dormitorio de Pistorius con un baño en suite. Allí había ocurrido todo. En su primera declaración, el atleta dijo que Reeva y él se habían acostado alrededor de las diez de la noche y que poco después se durmieron. Contó que a la madrugada lo despertó un ruido en la habitación a oscuras y creyó que era un ladrón. Para defenderse y defender a Reeva tomó la pistola 9 milímetros cargada con balas dum dum que guardaba en la mesa de luz, se bajó de la cama balanceándose sobre sus piernas amputadas y disparó hacia la puerta del baño, de donde creyó que estaba el intruso. “Como no llevaba las piernas ortopédicas y me sentía sumamente vulnerable, sabía que debía protegernos a Reeva y a mí. Me sentía atrapado, porque la puerta del dormitorio estaba cerrada y me cuesta desplazarme con los muñones. Disparé varios tiros a la puerta del baño y le pedí a Reeva a gritos que llamara a la policía, pero no me respondió”, declaró.

En el mismo testimonio, Pistorius dijo que disparó cuatro veces y que después encendió la luz y miró hacia la cama, donde creía que estaba Reeva, pero la mujer no estaba allí. Recién entonces, le explicó al detective Botha, pensó que podía haberse equivocado e intentó abrir la puerta del baño, pero estaba cerrada con llave desde adentro. Dijo que trató de derribar la puerta a empujones pero que no pudo, que buscó un bate de críquet que tenía siempre al lado de la cama para defenderse si venían ladrones y que lo usó para golpear la puerta hasta que cedió uno de los paneles de madera, pudo pasar la mano y abrirla. Sostuvo que adentro encontró a Reeva acurrucada en el suelo, con la cara apoyada sobre el asiento del inodoro; que vio que estaba herida pero que todavía respiraba y que intentó detener la hemorragia con una toalla pero que fue inútil. Entonces, siempre según su testimonio, volvió al dormitorio e hizo tres llamadas telefónicas: a su amigo Stander, a la guardia de seguridad del complejo y al hospital, donde le dijeron llevara él mismo a la persona herida para hacer más rápido. Por eso, dijo, había intentado bajar a Reeva por la escalera.

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El detective Hilton Botha escuchó atentamente el relato de Pistorius pero no le creyó una palabra. Se preguntaba por qué, si lo que quería era proteger a Reeva de un supuesto intruso, no la despertó si creía que dormía a su lado; tampoco entendía por qué la joven mujer se había encerrado con llave en el baño en medio de la noche. Después descubriría otros datos que no concordaban con el relato de Pistorius: algunos vecinos habían escuchado gritos antes de los disparos y Reeva se había llevado su teléfono al baño, algo inexplicable a no ser que quisiera hacer una llamada o mandar un mensaje en medio de la madrugada.

Con todos esos elementos, el policía descartó que podía estar frente a un trágico accidente, era lisa y llanamente un asesinato. Con el correr de los días y de los meses, los hechos de la noche del 14 de febrero, Día de San Valentín, sacarían a la luz una faceta casi desconocida del atleta discapacitado a quien la sociedad sudafricana consideraba un ejemplo de tenacidad para enfrentar los obstáculos que desde el mismo día de su nacimiento le había puesto la vida.

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La estrella olímpica y paralímpica de atletismo, Oscar Pistorius, escucha el veredicto de la jueza Thokozile Masipa en el Tribunal Superior de Gauteng del Norte, en Pretoria, el 11 de septiembre de 2014 (REUTERS/Kim Ludbrook/Pool/File Photo)
La estrella olímpica y paralímpica de atletismo, Oscar Pistorius, escucha el veredicto de la jueza Thokozile Masipa en el Tribunal Superior de Gauteng del Norte, en Pretoria, el 11 de septiembre de 2014 (REUTERS/Kim Ludbrook/Pool/File Photo)

Oscar Leonard Carl Pistorius nació el 22 de noviembre de 1986 en Sandton, Johannesburgo, Sudáfrica, con una malformación congénita llamada hemimelia peronea: a sus dos piernas les faltaba el peroné, un hueso fundamental. Para que pudiera caminar con prótesis, a los once meses se las amputaron por debajo de las rodillas. A partir de entonces, la vida de Pistorius fue una verdadera competencia de obstáculos, a los que fue venciendo uno a uno, no sólo para intentar llevar una vida normal sino para transformarse en un atleta de excelencia, admirado en todo el mundo.

Estudió en el Pretoria Boys —un colegio muy exigente— y luego en la Universidad donde, además de cursar la carrera de Comercio, empezó a competir en diferentes deportes. Sus piernas ortopédicas de carbono en forma de “J” —por las cuales sus compañeros lo apodaban “Blade Runner”— no significaron un obstáculo para que jugara al rugby, al fútbol y al waterpolo; tampoco para que se entrenara como velocista. Corría tan bien que en 2004 clasificó para los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004, donde obtuvo la medalla de oro en los 200 metros y de bronce en los 100. Fue el primer gran paso. Dos años después obtendría, en el campeonato realizado en Holanda, los títulos mundiales en los 100, 200 y 400 metros.

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Impulsado por sus éxitos y sus marcas —comparables con las de otros atletas sin problemas físicos— intentó participar en torneos regulares. Al principio se lo negaron, porque otros atletas se opusieron con el argumento de que sus piernas de carbono le daban ventaja, pero apeló la medida de la Federación Internacional de Atletismo y logró que lo aceptaran. Por eso, después de ganar tres medallas de oro en los Juegos Paralímpicos de 2008 en Pekín, entrenó para clasificar y participar en los Juegos Olímpicos de 2021 en Londres, compitiendo contra atletas sin discapacidades. No ganó medallas, pero pudo clasificarse para las semifinales de los 400 metros llanos. Para entonces ya era un héroe sudafricano y un atleta admirado en todo el mundo.

A fines de 2012 conoció a Reeva Steenkamp, una hermosa modelo y abogada de 29 años con una activa militancia contra la violencia de género e iniciaron un noviazgo que parecía perfecto. Los invitaban a programas de televisión y las revistas del corazón —e incluso las deportivas— seguían sus movimientos paso a paso. Parecían la pareja ideal.

Juegos Paralímpicos de Londres 2012: el sudafricano Oscar Pistorius celebra la conquista del oro en los 400 metros (Action Images vía Reuters/Steven Paston)
Juegos Paralímpicos de Londres 2012: el sudafricano Oscar Pistorius celebra la conquista del oro en los 400 metros (Action Images vía Reuters/Steven Paston)

El 19 de agosto de 2013 Pistorius fue acusado formalmente de asesinato y posesión ilegal de municiones. La investigación de la muerte de Reeva Steenkamp había puesto al descubierto una cara de Pistorius que sólo conocían sus amigos y sufrían sus parejas, pero que había permanecido oculta para el gran público. Detrás de la imagen del joven brillante y atleta exitoso se escondía un hombre agresivo, provocador, adicto a las armas de fuego —tenía seis a su nombre y siempre llevaba una consigo—, controlador y violento con sus sucesivas parejas.

Cuando le tocó declarar en el juicio, su amigo Darren relató que en septiembre de 2012 iba en su auto con Pistorius y su novia de entonces, Samantha Taylor, cuando los detuvo la policía en un control de rutina. Mientras un agente revisaba los papeles del auto, otro vio que Pistorius tenía una pistola sobre su asiento y la tomó. “No se le toca el arma a otro hombre”, le gritó Pistorius y discutieron. Finalmente, la fama del atleta les sirvió de pasaporte para que los dejaran seguir. No se habían alejado mil metros del lugar del control cuando Pistorius tomó el arma y disparó a través del techo corredizo del auto. “Le pregunté si estaba loco y él simplemente se río de mí”, le contó Fresco al tribunal.

Un mes más tarde, Pistorius volvió a protagonizar un episodio con un arma de fuego. Estaban con Fresco con sus respectivas parejas en un restaurante cuando el atleta se puso a jugar con su pistola debajo de la mesa. Se le escapó un tiro y la bala se incrustó en el piso, a centímetros del pie de Fresco. El gerente del establecimiento llamó a la policía y antes de que los interrogaran Pistorius le pidió a Fresco que dijera que el disparo se le había escapado a él para preservar su imagen. “No pude negarme, era mi amigo, pero ahora estoy arrepentido”, dijo Fresco.

Había muchas cosas más que pusieron al descubierto esa faceta de Pistorius que era desconocida para el público. Durante la investigación, la policía entrevistó a muchos de sus amigos y a todas sus exparejas. Una de ellas, la modelo Melissa Rom, contó que, en 2009, cuando estaban en una fiesta, ella le reprochó a Oscar que intentara seducir a otra mujer delante de sus propias narices. Pistorius reaccionó gritándole y la obligó, a ella y a otra amiga, Cassidy Taylor-Memmory, a salir del lugar. Al irse, cerró la puerta con tal violencia que la rompió y le causó una herida en la pierna a Taylor-Memmory.

Tampoco dejaba de acosar a sus exnovias y a las nuevas relaciones que estas tenían. El productor de televisión Quinton van der Burgh relató en el juicio que Pistorius lo abordó durante una carrera de Fórmula 1 en el circuito de Kyalami y le reprochó que estuviera en pareja con una de sus exnovias. “Se puso a gritar y me dijo que me iba a joder la vida si no me alejaba de la ella. Me di cuenta de que llevaba un arma y no reaccioné. Esa misma noche llamó por teléfono a mi casa y me amenazó de nuevo”, contó en su declaración ante el tribunal.

Además, el peritaje del teléfono de Reeva mostró que la relación perfecta que la pareja mostraba en público distaba mucho de serlo en privado. “Yo soy la chica que está enamorada de ti, pero también la chica a la que dejás de lado cuando no estás de humor, a la que criticás su acento, su tono de voz. A veces me asustás por cómo me contestás y cómo me tratás”, decía un mensaje que Reeva le había enviado a Pistorius unos pocos días antes de morir. En otro le reprochaba sus celos: “Te juro que no estaba flirteando con ese hombre. Te enojás cuando escuchás alguna cosa sobre mí, pero te has citado con muchísimas chicas”, le escribió. Y en el siguiente agregaba: “Nunca te mentiría, no soy una stripper ni una buscona. No puedo ser atacada por gente de fuera que me critica por salir con vos y también ser atacada por vos. (...) Me hacés feliz el 90 por ciento del tiempo, y creo que estamos muy bien juntos, no soy otra puta más”.

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Oscar Pistorius y Reeva Steenkamp posan para una fotografía en Johannesburgo, el 7 de febrero de 2013, siete días antes de que él le disparara (REUTERS/Thembani Makhubele)

Si los testimonios y los mensajes de texto complicaron la situación de Pistorius en el juicio, la investigación de lo ocurrido la madrugada del 14 de febrero desmoronó totalmente su versión. El bate de criquet con el que Pistorius dijo que había roto la puerta estaba ensangrentado y tenía rastros de piel de Reeva, consistentes con dos golpes que la modelo tenía en la espalda. También se pudo reconstruir que Reeva se había encerrado en el baño después de que, en medio de una discusión a los gritos —de la que dieron cuenta algunos vecinos del complejo—, Pistorius la golpeara por lo menos dos veces con el bate.

El patólogo Gert Saayman dijo en el tribunal que los restos de alimentos encontrados en el estómago de Steenkamp sugería que había comido alrededor de la una de la mañana, dos horas antes de morir, lo que contradijo la declaración de Pistorius de que la pareja se fue a la cama a las diez de la noche.

En septiembre de 2014, Pistorius fue declarado inocente del cargo de homicidio premeditado, pero culpable de homicidio culposo, con una condena de cinco años de cárcel. Pudo salir en libertad condicional en octubre de 2015, luego de haber cumplido un solo año de la condena, pero dos meses después el Tribunal Superior de Apelaciones revisó el caso y lo condenó por asesinato a trece años y cinco meses de cárcel.

Pistorius cumplió casi toda su condena en la prisión de Kgosi Mampuru II, en Pretoria, donde dispuso de medidas de seguridad especiales y celdas adaptadas debido a su doble discapacidad. Al principio evitó el contacto masivo con la población carcelaria común por temor a represalias o atentados contra su integridad física, pero más tarde comenzó a participar de las actividades comunes de los presos, como tareas de limpieza y talleres de lectura, además de asistir a los programas obligatorios de rehabilitación penitenciaria. Muchas de sus horas libres las pasaba leyendo La Biblia.

En 2022 fue trasladado de una prisión de Johannesburgo a otra de la costa este de Sudáfrica, cerca de donde viven los padres de Reeva Steenkamp. La medida, aprobada por el Tribunal Supremo, buscaba facilitar un proceso conocido como “diálogo entre víctima y delincuente”, que forma parte del programa de justicia reparadora del sistema penitenciario sudafricano y que reúne a las partes afectadas por un determinado delito en un intento de cerrarlo.

A fines de 2023, la junta de libertad condicional ordenó que se lo liberara el 5 de enero de 2024, luego de evaluar positivamente su conducta en la prisión y su proceso de rehabilitación, además de haber cumplido con el requisito legal de completar más de la mitad de la condena total. Desde entonces vive en la mansión de su tío Arnold, acompañado desde el año pasado por su novia Rita y su caniche Maggie. Hasta hoy ningún periodista pudo entrevistarlo.