Aancha Almira Picazo

02/08/2026

Actualizado 03/08/2026 - 08:38h.

El día en que le dijeron que había entrado en la universidad, empezó a irse de su vida sin saberlo.

El móvil vibró en la mesa de la cocina mientras el café aún estaba a medio enfriar. Lo miró sin entender, como si aquello no fuera con él. Luego lo abrió otra vez.

Admitido.

No pensó mucho. Solo sintió una alegría simple, como cuando algo encaja sin explicación.

Su madre apareció desde el pasillo.

–¿Qué pasa?

Él se lo enseñó. Ella lo miró y se le humedecieron los ojos muy rápido.

Después llamó al padre. Luego a la vecina. Luego al bar del pueblo.

Aquel día solo hubo una palabra que se repetía:

–Granada.

Y parecía algo bueno.

En las semanas siguientes, el verano se convirtió en una búsqueda: un sitio donde vivir.

Iban juntos, él y su madre, entre anuncios y teléfonos anotados en papeles doblados. A veces llamaban desde la cocina, a veces desde el coche.

–Ya está alquilado.

–Solo chicas.

–Curso completo.

–Pago por adelantado.

Siempre acababa igual: un «gracias» breve y un silencio.

Un día vieron una habitación.

Pequeña, pero posible. Cerca del centro. Luz de tarde.

–Quizá esta –dijo ella.

El propietario pidió esperar. Había más interesados.

La palabra «quizás» se quedó días en la casa.

Cuando llegó septiembre, él bajó a Granada con una maleta y una mochila.

La ciudad estaba llena de gente que parecía saber dónde iba.

Él no.

Tenía clase, matrícula, libros.

No tenía llave.

Al principio no conocía a nadie.

Los primeros días fueron aulas, pasillos, bibliotecas. Llegaba temprano, salía tarde. Aprendía recorridos, nombres, horarios. Nadie preguntaba demasiado. Él tampoco explicaba demasiado. Solo frases abiertas:

–Estoy mirando algo.

–Voy tirando.

–Ya saldrá.

La habitación de julio nunca llegó.

La primera noche en una habitación turística fue casi accidental: una reserva de una noche para dejar la maleta y dormir.

Después, al principio, volvió a no tener a dónde ir. Dormía donde podía, sin red y sin planes claros. Con el tiempo fue conociendo gente, y entonces empezaron a aparecer soluciones pequeñas: un sofá una noche, una habitación prestada otra, favores breves, sin nombre.

No se llamaba ayuda.

Era circunstancia.

–Quédate, que hoy no quiero estar sola.

–Mañana tengo examen, mejor que no haya nadie.

–Tengo cama libre.

Él aceptaba. Sin dramatizar. Sin explicar.

Con el tiempo aprendió otra ciudad. Qué bibliotecas abrían antes. Qué baños estaban limpios. Qué gasolineras no preguntaban. Dónde esperar el amanecer sin molestar...

Aprendió algo más: la necesidad no siempre tiene forma reconocible. Su manera de hablar, su ropa, sus notas, lo colocaban fuera de sospecha. Nadie habría imaginado que algunas noches no tenía dónde dormir. Hay precariedades que no se ven incluso cuando están delante.

Un día, tiempo después, dijo en voz baja que sabía lo que era dormir en la calle. Las reacciones fueron de incredulidad. Silencios. Negaciones. Como si no pudiera ser él. Entonces entendió que hay experiencias que no solo se viven en silencio: también se reciben en silencio.

Aprendió a no ocupar espacio. A no dejar rastro. A llevar la mochila lista.

Su madre llamaba algunos domingos:

–¿Has comido?

–Sí.

–¿Todo bien?

–Sí.

No era del todo verdad. Tampoco toda la verdad.

El frío llegó más tarde de lo esperado. Las mañanas dolían al respirar. Las manos tardaban en volver.

En la biblioteca escribía con la chaqueta puesta. A veces se dormía unos minutos sobre los apuntes. Nadie lo veía.

Sacó buenas notas. Mejores de lo previsto. Los profesores lo decían sin énfasis:

–Buen trabajo.

Él asentía.

Seguía.

El ingreso de la beca llegó en primavera. Estaba en la biblioteca. La pantalla brilló un instante entre sus manos. No sintió alegría. Ni alivio. Solo una incomodidad lenta. Ese dinero llegaba tarde. Servía para un curso que aún no había empezado. Para una vida ya en marcha.

Se quedó mirando la pantalla apagada. Pensó en cosas pequeñas: su primera noche de hotel, la búsqueda de un banco en cualquier parque, el frío del invierno sobre la tierra, una cama prestada, una noche sin preguntas, una habitación turística, un sofá improvisado, una llave sobre una mesa, una gasolinera al amanecer, una mochila cerrada...

Cada una de estas personas, a las que tuvo la suerte de conocer, se metieron en su vida, en su piel, para el resto de su vida.

No sintió que le hubieran salvado. Tampoco que hubiera sobrevivido solo.

Pensó en el desfase. En el tiempo. En lo que llega cuando ya no sirve.

Cerró el móvil. Volvió a los apuntes. Afuera, la ciudad seguía como si todo hubiera ocurrido en orden. Y él siguió estudiando.

Pero algo había cambiado.

No era la beca. Era algo más silencioso. Y aun así, de algún modo, la vida sigue.

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