
Para fines de agosto de 1963, el mandato provisional de José María Guido estaba dando sus últimos y vacilantes pasos mientras el radical Arturo Umberto Illia se aprestaba a calzarse la banda presidencial en poco más de un mes, después de ganar las elecciones generales del 7 de julio con el peronismo proscripto. Los diarios del jueves 29 informaban sobre el final feliz de un hecho que impactaba al país: el sable corvo de San Martín, robado 12 días antes del Museo Histórico Nacional, había sido devuelto el día anterior. Los detalles que se conocían del caso eran pocos. Se informaba que los autores de la sustracción se lo habían entregado a un excapitán del Ejército, quien a su vez lo llevó a Campo de Mayo. No se decía, aunque era un secreto a voces, que esos autores eran integrantes de un comando de la Juventud Peronista. Nadie imaginaba que ese mismo día la noticia quedaría opacada por otra que en un principio se creyó del ámbito exclusivamente policial y que solo con el correr de los días se supo que tenía fuertes connotaciones políticas.
El hecho fue espectacular, inesperado, violento y también sangriento: se trataba del mayor robo a mano armada realizado en Buenos Aires. El diario Clarín del viernes 30 lo tituló: así “Descomunal Asalto: 14 Millones Robados, 2 Muertos y 4 Heridos”. Para encontrar un robo tan impactante había que remontarse a más de tres décadas atrás, a 1931, cuando un grupo de ladrones se llevó una fortuna en efectivo y en lingotes de oro del tesoro del Banco Central, en pleno centro porteño. Aquella vez el robo se había perpetrado sin violencia, a puro ingenio; en cambio, ahora, al botín millonario se sumaban tiros y víctimas. Y no se trataba de un banco sino de un lugar que, por lo insólito, agregaba dramatismo al asunto: un hospital, el Policlínico Bancario.
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Los asaltantes se habían llevado el dinero destinado a pagar los sueldos y la policía estaba realmente desorientada, porque no tenía pistas que pudieran identificarlos. Las especulaciones apuntaban a una verdadera superbanda, por la envergadura del operativo, la sincronización con que los ladrones se habían manejado y las armas que habían utilizado. A nadie, absolutamente a nadie se le ocurrió que podía tratarse de algo diferente, que el espectacular asalto al Policlínico Bancario pasaría a la historia como la primera gran operación de guerrilla urbana realizada en el país.

Los cuatro hombres que esperaban en el interior de la ambulancia Rambler estacionada a tres cuadras del Policlínico Bancario, vieron venir la camioneta IKA que avanzaba con su acostumbrada lentitud achanchada por la avenida Gaona. Uno de ellos miró el reloj pulsera que llevaba en su muñeca izquierda y comprobó que el transporte cumplía su horario con puntualidad suiza: eran las 10.28 del jueves 29 de agosto de 1963, día de pago. El chofer de la ambulancia dejó que la camioneta se adelantara y recién entonces encendió el motor y la sirena, aceleró y lo superó para llegar primero al estacionamiento y entrada de ambulancias del Policlínico, en Gaona al 2100. En la barrera los detuvo el guardia Juan Carlos Lowry.
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—Traemos un enfermo —le dijo el conductor.
Lowry vio a un hombre pálido, dormido en la camilla y se apuró a levantar la barrera. Después anotó la hora (“10.30”) y la marca y el número de la patente de la ambulancia, que ya avanzaba hasta el fondo de la playa de estacionamiento, frente al pabellón de internación. El guardia dejó de mirarla porque justo en ese momento llegó la camioneta IKA y tuvo que levantar la barrera para que pasara sin detenerse. Sabía que traía la plata para pagar los sueldos de los empleados: 14 millones de pesos moneda nacional (unos 100.000 dólares de la época, aunque Lowry era incapaz de hacer ese cálculo, porque en la Argentina de 1963 casi nadie sabía la cotización del dólar).
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La camioneta IKA fue también hasta el fondo de la playa y estacionó a la izquierda. El conductor se bajó y abrió la puerta de atrás, donde estaba el sargento de la Policía Federal Alfredo Martínez, que empezó a bajar la saca de dinero para entregársela a los empleados Victorio Gogo y Alejandro Morel. También se bajaron de la camioneta la cajera Nelly Culliazo y el empleado Vicente Bóvolo, encargados de pagar los sueldos.
El reloj marcaba las 10.31 cuando un hombre se bajó de la ambulancia y les apuntó a los empleados con una ametralladora; detrás de él, otros tres hombres empuñaban pistolas. El hombre de la ametralladora se culparía toda la vida por lo que sucedió después: por pura torpeza se le escapó una ráfaga de la “tartamuda” y mató a Gogo y Morel e hirió a Culliazo, Bóvolo y el policía Martínez, el único que estaba armado. Otro hombre, que también empuñaba una pistola, le cortó de golpe la carrera al guardia Lowry cuando quiso acercarse al lugar. Sin perder un segundo, dos de los hombres de la ambulancia cargaron la saca, que pesaba unos 80 kilos porque también había muchas monedas para pagar las cifras exactas de los sueldos. Todo sucedió en menos de cinco minutos.
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La ambulancia salió a toda velocidad del estacionamiento y escapó por Gaona, seguida por un Valiant I que esperaba en la esquina. A diez cuadras del Policlínico, los autores del robo se bajaron de la ambulancia; unos se alejaron a pie mientras que otros, con las armas y el dinero, escaparon en el Valiant. Cuando la policía encontró la ambulancia, 15 minutos después, encontraron narcotizado en la camilla al “enfermo”, después comprobarían que era Mario Voda, el hombre al que le habían alquilado la ambulancia.

La resolución del caso quedó en manos del comisario Evaristo Meneses, alias “El Pardo”, jefe de la sección Robos y Hurtos de la Federal y hombre de métodos duros que aplicaba respetando ciertos códigos: prefería los puños a la picana para “ablandar” a los delincuentes. Como todo el mundo, “El Pardo” ni siquiera imaginó que el asalto podía ser obra de una organización política armada.
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Su ortodoxia policial lo llevó a hacer lo que acostumbraba: interrogar a los testigos, pedir la lista de despedidos recientes del Policlínico Bancario para seguir la pista del “empleado infiel” y, claro, interrogar a “los sospechosos de siempre”. Por la envergadura del robo puso la mira en aquellos que creía capaces de una jugada tan grande: además del “Pibe” Villarino, el delincuente más famoso de la época, se puso entre ceja y ceja a Félix Miloro, alias “El Pibe Ametralladora” o “El Arcángel”, y a Salustiano Franco. Los dos últimos habían empezado su carrera con Villarino, pero hacía un tiempo que se habían cortado solos y trabajaban por cuenta propia.
En realidad, no había ningún indicio que incriminara a ninguno de ellos, pero Meneses tenía recursos para obtenerlos. Entre “los sospechosos de siempre” buscó a delincuentes de menor monta que hubieran trabajado alguna vez con alguno de ellos para que le confirmaran la teoría. Y lo consiguió interrogando a “M”, un perejil del delito cuyo nombre nunca trascendió. La revista Primera Plana —un medio que renovó el periodismo argentino en los ’60— pudo reconstruir a través de una fuente policial el interrogatorio al que fue sometido “M”, que deja en evidencia los métodos habituales del “Pardo” y sus colaboradores de uniforme azul. Vale la pena reproducirlo tal cual fue publicado:
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—Mirá. Vos me has mentido. Empezaste mal. Primero me dijiste que no lo conocías a Franco y después que sí.
—Bueno —musita M—, ya le dije qué pasaba…
—¿Qué pasaba? —insiste Rojas (un subcomisario a las órdenes de Meneses).
—Vea, tengo miedo de Franco. Es capaz de hacerme cualquier cosa.
La cara del subcomisario aparece maciza, inexpresiva:
—¿Cuánto ganás?
—Mire —dice M—, con mi mujer apenas si alcanzamos a sacar 3 mil pesos por semana.
—Sin embargo, estás gastando 30 mil por mes —dispara Rojas—. ¿De dónde sacás la diferencia?
—No, señor, qué esperanza —farfulla M—. Si éste es el único pantalón que tengo…
Rojas lo mira con sorna:
—No sigas. Anoche estuve en tu casa. Hay por lo menos una docena de trajes.
El sospechoso se calla, parece abrumado. Rojas remueve la llaga:
—Y tu hermano, ¿tu hermano no ha visto en estos días a Franco o a Miloro?
—No, señor… De ninguna manera…
—¿Pondrías las manos en el fuego por tu hermano?
—Sí, señor —dice M—, pondría las manos en el fuego.
Otro de los policías saca un encendedor, lo enciende y lo aproxima a la cara de M:
—Dale, poné tu mano.
Convencido con tan buenas maneras, “M” no dudó en señalar a Salustiano Franco y a Félix Miloro como los cabecillas del asalto. Un rato más de amables intercambios con sus interrogadores y acusaba a su propia madre. Pocos días después, Miloro fue cercado en una casa en la provincia de Córdoba. Intentó escapar disparando con un subfusil y cayó muerto por las balas policiales. A Franco lo detuvieron en Buenos Aires. En el interrogatorio presentó su coartada: el día del asalto al Policlínico estaba robando un banco. Era comprobable, pero Meneses no le creyó o decidió que no le convenía creerle. Aunque el dinero no aparecía, “El Pardo” anunció que había resuelto el caso. La verdad lo pondría en ridículo, como muchas otras veces. Porque de policía eficaz, Evaristo Meneses sólo tenía una fama construida a fuerza de publicitar atropellos.
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Los hechos eran muy diferentes al relato montado por Meneses. El asalto al Policlínico Bancario había sido planificado y llevado a cabo por miembros del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT), con información brindada por un hombre que no pertenecía a la organización.
El MNRT era un desprendimiento por izquierda del Movimiento Nacionalista Tacuara, una organización de ultraderecha de claro corte antisemita y anticomunista, vinculado a los sectores más derechistas del peronismo e inspirado por las ideas del sacerdote católico Julio Meinvielle y del sociólogo francés Jacques de Mahieu. A principios de los ’60, un grupo liderado por Joe Baxter y José Luis Nell, entre otros, se había alejado de esta concepción, influidos por la Resistencia Peronista y por la Revolución Cubana. Para obtener fondos, comenzaron a realizar una serie de asaltos —sin propagandizar su autoría—, pero el robo a mano armada del Policlínico Bancario fue una operación mucho más ambiciosa. Nunca habían intentado algo de esa envergadura.
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Los militantes del MNRT contaban con los datos brindados por un informante, Gustavo Posse, que se los dio a cambio del 30 por ciento del botín que se obtuviera. Lo bautizaron “Operativo Rosaura” y formaron tres comandos para llevarlo a cabo: uno con Alfredo Zarattini, Rubén Daniel Rodríguez y Jorge Andrés Cataldo, en un auto de apoyo; otro con Tomislav Rivaric, Horacio Rossi y Mario Héctor Duaihy; y el tercero con Jorge Norberto Caffatti, Carlos Alberto Arbelos y José Luis Nell, estos dos últimos armados con ametralladoras. Baxter participó en la preparación, pero hay versiones contradictorias sobre su presencia en el lugar de los hechos.
El día del operativo Luis Alfredo Zarattini, Jorge Cataldo y Rubén Rodríguez asaltaron el garaje de Zavala 2552, robaron un Valiant gris y le cambiaron las chapas de las patentes. Rubén Rodríguez y Mario Duaihy alquilaron en Ramos Mejía una ambulancia, conducida por su dueño, supuestamente para ir a buscar un enfermo a la Capital Federal. En el camino subieron Tomislav Rivaric, que era estudiante de Medicina, y Horacio Rossi, que dominaron al conductor y lo narcotizaron. Cafatti, José Luis Nell y Carlos Arbelos esperaron cerca del Policlínico.
Desde otro auto Alfredo Zarattini seguía de cerca a la camioneta que transportaba el dinero y cuando faltaban pocas cuadras para llegar se le adelantó para avisar a los de la ambulancia que pronto llegaría al Policlínico. Caffatti entró al establecimiento a pie y permaneció mezclado con el público en la escalinata que conducía a la administración, lugar por donde debían pasar los empleados con el dinero. Cuando la camioneta IKA estacionó dentro de la playa del Policlínico estaba todo listo para reducir sin disparar un tiro a los empleados y huir con el dinero, pero el fallo de Nell con la ametralladora transformó lo que debía ser una operación “limpia” en un tiroteo que dejó un baño de sangre.

El MNRT no se adjudicó el robo y el comisario Meneses, aunque no había recuperado el dinero, dio por resuelto el caso en beneficio de su propia leyenda. Miloro —presunto autor— había muerto cosido a balazos y su presunto cómplice, Franco, estaba preso. Para la policía, el caso estaba cerrado, sin que siquiera se imaginara la verdadera naturaleza del hecho.
El caso se resolvió porque los asaltantes dejaron un cabo suelto: el informante. Gustavo Posse, no tenía ninguna intención de invertir el 30 por ciento del botín que le había tocado en una causa política, a él no le interesaban esas cosas, pero sí la buena vida. Agarró el dinero e invitó a su hermano Lorenzo a gastarlo en París. No sabía que una parte de la fortuna que tenía en sus manos —los billetes de 5000 pesos, que recién habían sido emitidos— tenían números correlativos y estaban registrados. Al día siguiente del asalto, esos números los tenían los cajeros de todos los bancos argentinos, por si aparecía alguien para cambiarlos o depositarlos, y también Interpol.
En enero de 1964, el propietario de un cabaret de la capital francesa depositó algunos de esos billetes en un banco. El dato llegó a la Sureté y de ahí a Interpol. Cuando lo interrogaron, el hombre dijo que se los habían dado como pago dos hermanos argentinos que desde hacía un tiempo frecuentaban su local. La policía francesa los puso bajo vigilancia. Cuando los Posse volvieron a Buenos Aires, los estaban esperando en Ezeiza, donde los detuvieron.
Cuando fue interrogado Gustavo le quitó toda responsabilidad a su hermano Lorenzo, pero en cambio delató a Mario Duaihy, Horacio Rossi, Jorge Caffatti y Tomislav Rivaric, en cuya casa se encontraron el arma del sargento Martínez y billetes provenientes del robo. José Luis Nell fue detenido en la base aérea de Río Gallegos donde estaba cumpliendo el servicio militar. También se emitieron órdenes de captura respecto de Jorge Cataldo, Eduardo Viera, Rubén Rodríguez, Carlos Arbelos, Amílcar Fidanza, Joe Baxter y Alfredo Roca.

El comisario Evaristo Meneses, que acababa de retirarse con la satisfacción de ser una leyenda dentro de la policía, se enteró de todo por los diarios y vio cómo el personaje de policía infalible que tanto le había costado construir se derrumbaba ante la opinión pública. Meses después se convirtió en detective privado. Murió en Buenos Aires en noviembre de 1992 sin poder borrar el estigma de su vergonzosa actuación en la investigación del asalto del Policlínico Bancario.
El devenir de la convulsionada política argentina de los ’60 y los ’70 llevó por caminos diferentes a los autores de la primera acción guerrillera de gran envergadura realizada en el país. Joe Baxter escapó de la Argentina sin ser capturado, visitó a Perón en Madrid, viajó a Vietnam y a China, y se incorporó a la IV Internacional. Volvió a América Latina en 1966 y tomó contacto con Tupamaros en Uruguay, para luego ingresar clandestinamente a la Argentina e incorporarse al PRT-ERP, donde lideró una escisión, la Fracción Roja. Murió en un accidente aéreo en el aeropuerto de Orly, Francia, en 1973. Ricardo Viera también militó en el PRT-ERP y estuvo preso durante la dictadura cívico militar iniciada en marzo de 1976.
Jorge Caffatti fue uno de los líderes de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), fue apresado en 1977 y permanece desaparecido desde entonces. Carlos Arbelos también militó en las FAP y amenazado de muerte por la Triple A se exilió en España en 1974 y falleció allí en 2010. José Luis Nell, escapó de la cárcel, fue nuevamente detenido y liberado por la amnistía del 25 de mayo de 1973. El 20 de junio de ese año, integró una columna que fue a esperar a Juan Domingo Perón en Ezeiza y en el tiroteo que se produjo recibió un balazo que lo dejó cuadripléjico. Al año siguiente se suicidó.
El cine argentino no demoró en aprovechar el impacto causado por el asalto al Policlínico Bancario. Dos años después, se estrenó la película Con gusto a rabia, dirigida por Fernando Ayala y protagonizada por Mirtha Legrand, Alfredo Alcón, Jorge Barreiro, Víctor Catalano, Maurice Jouvet, Marcela López Rey, Mónica Mihanovich, Margarita Palacios y Ricardo Trigo. Inspirada parcialmente en los hechos y con algunas escenas filmadas en el Policlínico, la trama gira alrededor del romance de una señora de clase alta con un joven estudiante de Medicina, revolucionario e idealista, que participa en el asalto a un hospital.