
Canadá ofrece una versión particular de la decadencia occidental: la de una sociedad devastada por el confort, donde décadas de prosperidad, estado de bienestar, tranquilidad y protección estadounidense han debilitado la conciencia política y la capacidad de enfrentarse a la realidad. Tras nueve años y medio de Gobierno de Justin Trudeau, el derrumbe del país adquiere tintes recreativos: una caída amortiguada al ritmo del senderismo, las reformas del hogar y los fines de semana en plena naturaleza. Es lo que denomino la “sociedad-chalet” en un libro en francés que acaba de publicarse.
Un chalet canadiense —lo que en el mundo hispano se entendería más bien como una casa de campo o una cabaña— es una segunda residencia situada lejos de los grandes núcleos urbanos, a orillas de un lago, en la montaña, en el bosque o al final de un camino rural. Uno se refugia allí en busca de sosiego, lejos del ruido, los conflictos y la agitación del mundo exterior. Senderos, estaciones de esquí, spas nórdicos: gracias a la industria de las actividades al aire libre y de la relajación obligatoria, uno también se retira allí para abandonarse a la sociedad del ocio.
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Canadá es, geográficamente, un chalet. Encaramado al norte de América, sobre los hombros de Estados Unidos, en la cómoda periferia del imperio, da la impresión —ilusoria, pero persistente— de estar protegido por la distancia. Los grandes espacios refuerzan entre los canadienses la sensación de vivir para siempre al abrigo de la historia.
Canadá es, ideológica y psicológicamente, un chalet. El refugio se ha convertido allí en una disposición de ánimo, incluso en un proyecto de antisociedad. Se mantiene el “distanciamiento social” para evitar las “situaciones que generan ansiedad”. Es una huida. Uno se aleja de la acción, pero también de la propia realidad.
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Evidentemente, los canadienses no son los únicos occidentales que han adoptado un modo de vida centrado en la comodidad material y el bienestar personal. Sin embargo, tanto en Quebec como en el Canadá anglófono, este modelo parece haber sido llevado hasta la caricatura.

La relación de mis conciudadanos con la inmigración masiva ilustra bien esta gran evasión. Quizá más que en cualquier otro país occidental, en Canadá sigue presentándose como un enriquecimiento indiscutible, una necesidad económica y una obligación moral. Ante una transformación demográfica y cultural extremadamente rápida, pero nunca consentida, la mayoría de los canadienses prefiere replegarse o desviar la mirada antes que expresar su malestar, identificar sus causas y responder políticamente.
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La gente se mantiene discretamente alejada de los barrios, las escuelas o los espacios públicos donde los cambios resultan más perceptibles. Este repliegue conduce a veces hacia los suburbios, las pequeñas ciudades o el campo, pero el fenómeno también acaba alcanzando esos lugares. Aquí, el refugio se vuelve menos físico que psicológico: sin necesidad de mudarse, uno se retira a su hogar, a su círculo privado, a las pantallas y a las distracciones. Organiza así su existencia para reducir al mínimo su exposición a la sociedad, mientras continúa adhiriéndose de puertas afuera al discurso dominante.
La paradoja es que esta sociedad-chalet puede imaginar que vive al margen de la historia porque Estados Unidos sigue plenamente inmerso en ella. Durante décadas, Canadá pudo descuidar su defensa, subcontratar su seguridad a Washington y disfrutar de una tranquilidad garantizada por el poder estadounidense. En el entorno inmediato del águila, se beneficiaba de su fuerza mientras denunciaba su brutalidad y se reservaba el papel más cómodo: el del vecino razonable, pacífico y moralmente superior.
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Donald Trump expulsa a los canadienses de su safe space geomental. Sus aranceles y su guerra comercial obligan al país a reaccionar, defender su soberanía y pensar su lugar en el mundo en términos distintos de los puramente morales y sentimentales. Canadá descubre que no puede vivir eternamente dentro de su burbuja sin tener en cuenta los intereses de la Casa Blanca y los grandes desafíos que atraviesan el continente.
Se afirma que los canadienses reprochan a Trump su estilo, sus provocaciones y unas políticas consideradas demasiado de derecha. Pero lo que sobre todo no le perdonan es haber roto el pacto tácito que les permitía aprovecharse del imperio estadounidense sin ensuciarse las manos. Después de haber garantizado durante tanto tiempo la tranquilidad del chalet, los estadounidenses obligan ahora a los canadienses a salir de él.
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