
El dolor lumbar no siempre tiene su origen en las vértebras o los discos de la columna. En ocasiones, la molestia se localiza más abajo, en las articulaciones sacroilíacas, que conectan el sacro —el extremo triangular de la columna— con la pelvis.
Estas uniones están sostenidas por ligamentos resistentes que les dan estabilidad y restringen su movimiento. Sin embargo, una inflamación, una movilidad excesiva o la rigidez de la zona pueden causar dolor en la espalda baja y los glúteos.
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Según Harvard Health Publishing, reconocer este posible origen ayuda a diferenciarlo de afecciones con síntomas similares, como la ciática o una hernia de disco.
A diferencia de otros problemas lumbares, el dolor de origen sacroilíaco no suele sentirse en el centro de la espalda baja. La molestia aparece con mayor frecuencia hacia uno de los lados, en el área comprendida entre la región lumbar y la parte superior de los glúteos.
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También puede extenderse hacia la cadera y, en algunas personas, bajar por una pierna.Esa irradiación explica por qué el cuadro puede parecerse a la ciática.
No obstante, existen rasgos que pueden orientar la consulta médica. El doctor Christopher Bono, cirujano de columna del Orthopaedic Spine Center del Hospital General de Massachusetts, afiliado a Harvard, señaló que muchas personas sienten más dolor al apoyar el peso del cuerpo sobre una sola pierna.
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Una lesión puede alterar la estabilidad de la articulación sacroilíaca y desencadenar inflamación o dolor. Como se trata de una unión con movilidad limitada, un desplazamiento mayor al habitual puede afectar los ligamentos que la sostienen.
El embarazo también puede favorecer este cuadro. Durante la gestación, los cambios hormonales aumentan la elasticidad de los ligamentos de la pelvis para facilitar el parto. El doctor Christopher Bono explicó que, después del nacimiento, esa laxitud puede mantenerse y prolongar las molestias.
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Fuera de ese contexto, la hiperlaxitud ligamentaria puede relacionarse con condiciones como el síndrome de Ehlers-Danlos, un grupo de trastornos hereditarios que compromete los tejidos conectivos. A su vez, el desgaste del cartílago propio de la artrosis puede estar presente, aunque no necesariamente provoca dolor.
Con menor frecuencia, la inflamación de esta articulación responde a enfermedades autoinmunes, como la espondilitis anquilosante, o a una infección. En los casos vinculados con sacroileítis inflamatoria, el malestar tiende a ser más marcado por la mañana y puede disminuir con la actividad física.
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De acuerdo con Harvard Health Publishing, el diagnóstico no depende de una única prueba. Durante la consulta, el profesional puede pedir al paciente que adopte posiciones o realice maniobras destinadas a reproducir el dolor y comprobar si la articulación participa en el cuadro.
Una de las evaluaciones mencionadas es la prueba del flamenco, que consiste en trasladar el peso a una pierna mientras se eleva la otra rodilla. En determinados casos, se pueden solicitar radiografías con el paciente en esa posición para detectar posibles desplazamientos en la articulación.
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El examen físico permite distinguir si el problema está relacionado con una movilidad excesiva o con una rigidez articular. Esa diferencia es relevante porque determina el enfoque de rehabilitación. Una intervención inadecuada podría no aliviar los síntomas o incluso acentuar la incomodidad.
Una vez identificado el origen del malestar, la fisioterapia suele ser el primer paso. El objetivo es determinar si la articulación presenta un exceso de movimiento o rigidez.
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Si existe hipermovilidad, el plan puede incluir ejercicios de elongación para los isquiotibiales y cuádriceps, además de movimientos como llevar las rodillas al pecho. También se recomiendan ejercicios de fortalecimiento del tronco y los glúteos, entre ellos el puente y el denominado bird dog.
El uso de un cinturón o faja de estabilización sacroilíaca puede complementar la rehabilitación cuando la zona presenta demasiada laxitud. Este soporte se coloca alrededor de la cintura, por encima de las caderas, y ejerce presión hacia el interior para aportar mayor estabilidad a la región lumbar y pélvica.
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En los cuadros donde predomina la rigidez, la estrategia cambia. El fisioterapeuta puede recurrir a técnicas manuales de movilización para recuperar el rango normal de movimiento mediante presión controlada sobre la articulación y las áreas cercanas.
Los ejercicios de movilidad y fortalecimiento pueden usarse en rehabilitación si un profesional los indica según la causa. Se presentan dos ejercicios posibles para cada caso:
- Se realiza acostado boca arriba, con las piernas extendidas y los brazos a los lados.
- Se flexiona una rodilla y se acerca suavemente al pecho con ayuda de las manos.
- La posición se sostiene durante 30 segundos antes de repetir del otro lado.
- El movimiento puede hacerse tres veces por cada pierna.

- Se comienza boca arriba, con las rodillas flexionadas y los pies apoyados en el suelo a la altura de las caderas.
- Se contraen el abdomen y los glúteos antes de elevar las caderas.
- Las caderas se elevan hasta donde resulte cómodo, manteniendo alineados hombros, caderas y rodillas.
- La posición se sostiene entre cinco y diez segundos y se repite de ocho a 12 veces.

Antes de iniciar ejercicios, se recomienda una valoración profesional cuando el dolor es persistente, intenso o se irradia hacia la pierna. La rutina adecuada depende de si el problema responde a inestabilidad, rigidez, inflamación u otra causa, ya que cada condición puede requerir un tratamiento distinto.
Cuando la fisioterapia y las medidas iniciales no logran aliviar los síntomas, el profesional puede indicar analgésicos o antiinflamatorios, como el ibuprofeno. Si el dolor continúa, existen procedimientos que permiten confirmar su origen y, a la vez, reducir las molestias.
Una de esas opciones consiste en aplicar un anestésico en la zona. Un alivio temporal después de la inyección puede indicar que la articulación sacroilíaca es la fuente del dolor. En algunos casos, el procedimiento incluye corticosteroides, que pueden disminuir la inflamación.

Si ese efecto resulta breve, la ablación por radiofrecuencia puede ser una alternativa. El doctor Bono señaló que esta técnica utiliza calor para interrumpir las señales nerviosas vinculadas con el dolor y puede brindar un alivio más prolongado.
El tratamiento también depende de la causa del cuadro. Las enfermedades autoinmunes pueden requerir antiinflamatorios o medicamentos inmunosupresores, mientras que las infecciones bacterianas se tratan con antibióticos. La cirugía para fusionar la articulación queda reservada para situaciones excepcionales y rara vez es necesaria.