En memoria de mi madre: Hilda Robbins Ostrowiak (26 de febrero de 1949-14 de febrero de 2026)
[For we’re creatures of the wind/ And wild is the wind…] Dimitri Tiomkin and Ned Washington.
Toda pérdida de un ser querido conduce, invariablemente, al dolor y a la desolación inherentes al luto, pero en el caso de la demencia el orden cronológico que sugiere el libreto natural se invierte y nos vemos obligados a velar por ellos en vida y a experimentar un recordatorio dolorosamente empírico de que no somos más que memoria y alma, y la simbiosis entre éstas es crucial para que puedan subsistir de modo independiente. No existe una sin la otra. Sin memoria perdemos nuestra esencia (por no abusar del vocablo “alma”) y nos convertimos sólo en cuerpo, en una viva reminiscencia de lo que fuimos, en muertos vivientes.
Lee también: Los recuerdo pausados, reseña de la novela Despedidas de Julian Barnes
Fue precisamente el día en que mi madre dejó de retenerme en su recuerdo que ocurrieron dos muertes simultáneas: la pérdida del hijo extraviado de la memoria de su madre y la orfandad del vástago olvidado. Ese mismo instante percibí una violenta sacudida interna que logró desplazar y fragmentar todos los referentes que componían esa brújula que servía como guía de una identidad que yo había construido en gran medida junto y gracias a ella. La desorientación que sentía tras ese desplazamiento existencial me hizo trastabillar en ese horizonte que solía desdoblarse en la inmensidad insondable de sus ojos color oliva para colisionar de frente contra un abismo de cartón en el cual se había tornado su mirada extraviada. Si bien es cierto que su semblante seguía iluminándose cada vez que me veía y así fue hasta el día en que murió, a partir de ese suceso, la silueta del huérfano en ciernes se desdibujaba hasta extinguirse en el brillo de sus ojos a una velocidad irrecuperable.
Pero previo a mi propia muerte simbólica había sido testigo de incontables bajas de personas fundamentales en mi vida y de recuerdos medulares en mi formación; asistí a mil entierros hipotéticos y había ensayado cientos de elegías que recitaba para mis adentros por todos aquellos seres queridos que habían sido extirpados de su memoria de manera gradual hasta desvanecerse para siempre de su universo. Y es que la demencia, lejos de ser una enfermedad, es una sentencia de muerte decretada por un juez inexorable, cuando no un exterminio simbólico de todos los elementos que constituyen los mundos personales que edificamos a lo largo de nuestras vidas y que solían definirnos antes de desplomarse del todo y de llevarse con ellos nuestros cimientos más sólidos.
[Publicidad]
Lee también: La fascinante historia del libro
A partir de ese momento, cada vez que veía a mi madre, me veía limitado a expresarle mi amor y gratitud por todo lo que ella había hecho por mí en vida. Hacía tiempo que había dejado de confrontarla para poner a prueba su memoria y así poder medir su deterioro; en ese punto era contraproducente por el estrés que supondría para ella. Aunque la elección de palabras no era meramente la misma, el mensaje que le transmitía era, me enteré después, muy similar al del mantra ancestral hawaiano del Hoʻoponopono que, en cuatro trazos logra resumir a la perfección los sentimientos que uno busca comunicar a sus seres queridos antes de partir:
Te quiero
[Publicidad]
Te agradezco
Te perdono
Por favor perdóname.
[Publicidad]
Palabras más, palabras menos, ése era el mantra que susurraba en su oído en el transcurso de los tres meses que pasaron desde que morí en su recuerdo hasta su propia muerte física; un mantra que inconscientemente se plasmaría en la elegía que declamaría en su funeral.
Volviendo a ese día, cuando mi madre era incapaz de adjudicarle un nombre a mi persona, me obligué a hacer un recuento de la primera vez que me percaté del principio del fin de su deterioro cognitivo, cinco años atrás, cuando mi mujer me había hecho notar que durante la comida, mi madre, en el transcurso de diez minutos había repetido tres veces la misma pregunta. Sucede que la demencia suele iniciar con una sutileza diabólica. Detectarla es lo equivalente a intentar señalar el movimiento de las manecillas de un reloj en tiempo real. Aún así, esos cinco largos años que precedieron a su muerte sirvieron, aunque de modo inconsciente, para dar inicio y así adelantar mis propios procesos de duelo. Ésa es la única cualidad positiva, por así decirlo, que nos da a modo de ofrenda este padecimiento atroz. Si bien la desolación que sigue a la muerte física es inevitable, al menos quienes quedamos atrás, podemos navegar la vastedad negra de ese Ganges infinito con recursos más elaborados.
Y así fue. Cuando me arrodillé para contemplar su cuerpo enmantado que yacía sobre una camilla custodiada por el sepulturero y su personal, envolví su rostro con mis brazos para acariciarla y repetirle aquella elegía precoz. A pesar de que las lágrimas que brotaban por sí solas y que caían por mis pómulos como un alud diáfano no me permitían ver con claridad su silueta, sí pude vislumbrar un destello oscuro, de experimentar una aproximación con lo sublime. Conforme más íntima y personal pensaba que era mi propia desolación, mayor era mi sentimiento de pertenencia al universo; después de todo, los temores, alegrías y tristezas que sentimos son prácticamente los mismos, en todo caso varían los detonantes. El silencio que gozaba tras esa inmersión en la vastedad de lo sublime enmudecía a todos los factores y aspectos más mundanos y nimios que nos arroja constantemente la cotidianeidad hasta que éstos desaparecieron y únicamente permanecía lo verdaderamente esencial en la vida; en mi caso, el amor incondicional de un hijo por su madre que, a su vez, representaba a todos los huérfano del mundo. También es cierto que esta melancolía venía acompañada de un gran alivio; el alivio de saber que mi madre al fin estaba curada de la mala vida que le había deparado el Alzheimer.
[Publicidad]
A pesar de que, como mencionaba anteriormente, los años de su deterioro me habían servido para acelerar mi duelo, he de confesar que de no ser por las cualidades poéticas de la desolación, éste no sería un sentimiento viable. Una vez en el cementerio, cuando entré en la habitación donde el cuerpo de mi madre yacía cubierto con una manta de terciopelo azul con las protocolarias plegarias judías, vertí por última vez en su oído todo el amor y la gratitud que sentía por ella antes de animarme a dejarla y subir al estrado que me separaba de un público compuesto por familiares y amigos que aguardaban en silencio.
Tú ya no recuerdas esto, pero...
Siempre me recibías con una sonrisa afectuosa, genuina, colmada de cariño.
[Publicidad]
Siempre te alegrabas y enorgullecías de mis contados éxitos.
Siempre estabas a una llamada de distancia.
Siempre me contenías en tus brazos en los peores pasajes de mi vida.
[Publicidad]
Siempre encontrabas la palabra correcta para arrojarle luz a mis vendavales de sombras.
Siempre caminé acompañado de tu apoyo.
Siempre me sentí emancipado por tu amor incondicional.
Siempre sabías leer mi ánimo y enseguida me arropabas con tu omnipresencia afectiva.
Y no morirás hasta el día que yo olvide tu grandeza de espíritu. Pronuncié, haciendo un esfuerzo sobrehumano para impedir que mi voz se quebrante y así evitar exponer ante el público mis fisuras internas que se agrandaban con cada palabra que musitaba. En realidad sólo podía verla a ella y a esas grietas que crecían para despejar las distracciones y así crear un espacio vital que me permitía sentirla más presente y cercana que nunca, de volver a estar a su lado en la mejor versión de Hilda, mi madre: hermosa, rebosante, energética y alegre, cuya sola sonrisa era capaz de paliar todos mis hematomas existenciales.
Durante la semana que siguió al entierro estaba arropado del amor de mi familia y seres queridos. Pero en cuanto despedí bajo el marco de mi puerta al último amigo y me tumbé en la cama, el techo se tornó en un lienzo blanco donde se proyectaban los momentos más emblemáticos de mi vida junto a ella. Estos destellos audiovisuales ocupaban todo mi campo sensorial, no los podía evitar, independientemente de si cerraba los ojos o si me enterraba voluntariamente en una cámara anecoica. Fue entonces que pude experimentar por primera vez ese vértigo que anuncia la llegada del dolor como un recordatorio constante de nuestra vulnerabilidad y de que somos criaturas, como indica el epígrafe, sujetas al capricho del viento.
La estridencia del silencio me acechaba como a un antílope que intuye la cercanía de un depredador sigiloso. Este felino negro permanecía oculto en las sombras a la espera de acecharme en mis momentos de soledad y enterrar sus colmillos en mi yugular como un recordatorio constante de que el dolor es ineludible. No obstante, conforme pasaban los días, la sangre que antes brotaba de mi cuello a borbotones ahora se encontraba en proceso de cauterización, porque si bien el dolor es inevitable, el sufrimiento, o su duración, es una elección.
En mi caso, no he experimentado la orfandad como un acontecimiento necesariamente violento por su naturaleza súbita, sino más bien la he percibido como un sendero oscuro y musgoso que me ha ido recorriendo lentamente con el objetivo de encontrar su propio cauce. Así, con el transcurso del tiempo, la cicatriz que había dejado mi roce con su muerte ha estado evocando recuerdos cada vez menos crudos y más reconfortantes. Esa cicatriz, comprendo, es mi único vínculo, eterno e inquebrantable, con ella; uno que me ayudará a amortiguar la insoportable desolación que supone la orfandad y así poder retener a mi madre en mi memoria para poder invocarla en mi recuerdo en todo momento, porque en términos reduccionistas, no somos nada más que eso: memoria y alma.
Descansa en paz, mamá…
Te quiero
Te agradezco
Te perdono
Por favor perdóname.