“Las superpotencias deben reconocer que su poder no es tan superlativo como parece: su poder tiene límites. Los acontecimientos de los últimos años no han dejado lugar a dudas”, decía la semana pasada el secretario general de la ONU, António Guterres, en su último gran discurso antes de dejar el cargo —sabes que algo no va bien en el mundo cuando un secretario general suena casi al Che Guevara comparado con el resto—. “El poderío militar no basta por sí solo para consolidar la paz”.

Esos acontecimientos de los que habla Guterres son principalmente el fracaso de Rusia para tomar Ucrania y el de EEUU e Israel para provocar un cambio de régimen y la rendición de Irán a base de bombazos. Durante décadas se pensó que la posesión de armas nucleares era la mejor garantía de seguridad y éxito e introducía un falso debate: o la paz o la destrucción mutua asegurada. Era como el árbitro definitivo de la política internacional. Sin embargo, la disuasión nuclear no está funcionando. Las grandes potencias no solo no consiguen sus objetivos militares a cañonazos, sino que incluso reciben golpes y ataques muy duros de Estados mucho más pequeños.

Con ese viejo razonamiento nuclear heredado de la Guerra Fría, muchos argumentan que si Irán hubiese desarrollado realmente la bomba nuclear, no hubiese sido atacada; y que Ucrania cometió un grave error al aceptar renunciar a su arsenal nuclear en 1994. “¿Por qué nadie ataca Corea del Norte?”, se preguntan. La bomba nuclear como la explicación definitiva. Pero la realidad de los conflictos actuales nos dice otra cosa.

Pese a las constantes amenazas veladas de altos cargos rusos sobre el uso de armas nucleares, Europa y EEUU han continuado prestando asistencia militar y económica a Ucrania. No solo eso, sino que autorizaron a Kiev a utilizar sus misiles para atacar territorio ruso y Ucrania ha llevado la guerra directamente al enemigo con bombardeos incluso contra Moscú. La disuasión nuclear no ha funcionado. Es más, Ucrania ha atacado activos militares estratégicos rusos de su defensa nuclear, como ocurrió en la operación Telaraña.

En 2024, Putin aprobó una nueva doctrina nuclear que autorizaba el uso de la bomba ante ataques con armas convencionales. También tenía un mensaje para la OTAN: “La agresión de cualquier Estado perteneciente a una coalición militar (bloque, alianza) contra la Federación de Rusia y (o) sus aliados es vista como una agresión de la coalición en su conjunto”. Nada de eso ha servido para frenar a los enemigos de Moscú.

La guerra contra Irán también sirve de ejemplo de ese desgaste. Las bombas nucleares de Washington y Tel Aviv no han impedido a Irán y sus aliados responder a la ofensiva con ataques a bases de EEUU en todo Oriente Medio y andanadas de misiles contra Israel, incluso contra sus instalaciones nucleares. En otro ejemplo ocurrido el año pasado, India y Pakistán, ambas potencias nucleares, se enfrentaron en los combates más graves en los últimos 25 años. La posibilidad de una escalada nuclear no impidió el conflicto. El farol del arma nuclear cada vez es más débil.

“Extrañamente ineficaces”

“La lógica tradicional era sencilla. Las armas nucleares eran tan destructivas que su mera existencia impondría disciplina y responsabilidad a quienes las poseyeran. Como resultado, la escalada se gestionaría con rigor, se respetarían las líneas rojas y el control de armamento se consideraría un mecanismo de supervivencia compartido, en lugar de una concesión condicional. Esa lógica no ha desaparecido de la noche a la mañana, pero está perdiendo su fuerza de forma lenta y decisiva. Yo he podido experimentar este cambio de primera mano”, escribía en enero el analista Alex Kolbin, que participó en la promoción del acuerdo nuclear Nuevo START entre Rusia y EEUU como miembro del Centro Ruso de Investigación Política.

“Las armas nucleares empiezan a parecer extrañamente ineficaces. Son catastróficas, pero inutilizables. Inspiran miedo, pero no necesariamente contención. Ya no impiden que los adversarios ataquen directamente el territorio, las infraestructuras o los aliados de un Estado con armas nucleares. En cambio, quedan en un segundo plano mientras los conflictos se libran con herramientas más rápidas, más baratas y políticamente más fáciles de emplear”, señalaba Kolbin. “El riesgo real no es que las armas nucleares desaparezcan de repente de la política mundial. No lo harán. Pero podrían persistir más como símbolos, al tiempo que pierden su función práctica como estabilizadores, creando un mundo más peligroso en el que los países no están ni disuadidos de forma segura ni desarmados de manera significativa”.

En los últimos días, se han multiplicado las voces que alertan de un posible ataque ruso en Europa. De la advertencia del primer ministro polaco, Donald Tusk, a Emmanuel Macron o los servicios secretos daneses. Solemos tomar estas advertencias con cierto escepticismo en un clima de rearme y tensión (pero he de decir que yo tampoco pensaba que Rusia iba a invadir Ucrania en 2022 pese a las múltiples advertencias). Aunque una invasión en Europa suena a disparate, no podemos descartar ataques entre lo convencional y lo híbrido.

Un hombre junto a un misil iraní tras su caída cerca del Aeropuerto Internacional de Qamishli, junto a la frontera turca, en el distrito de Qamishli, provincia de Hasaka (Siria), el 4 de marzo de 2026. Amjad Kurdo / Getty Images

Y todo esto conecta con el tema nuclear. “Las potencias occidentales hicieron bien en demostrar que Rusia se equivocaba al creer que podía lanzar una agresión contra un país vecino y, al mismo tiempo, convertir su propio territorio en un refugio seguro por el mero hecho de ser una potencia nuclear. Pero ahora Vladímir Putin pretende demostrar que los socios occidentales de Ucrania se equivocan al creer que siguen a salvo bajo la protección de [las garantías nucleares de] la OTAN”, escribía en julio Jean-Marie Guéhenno, director del Kent Program sobre resolución de conflictos de la Universidad de Columbia y miembro del consejo asesor de alto nivel sobre mediación y consejo asesor sobre desarme de la ONU. Mientras Rusia no logra avances claros en el campo de batalla, Putin quiere demostrar a los amigos de Ucrania que su apoyo implica asumir riesgos.

“Las armas nucleares pueden parecer ineficaces ante ataques convencionales e híbridos prolongados. En la guerra actual, un arsenal de misiles balísticos intercontinentales con ojivas nucleares, una flota de submarinos nucleares y escuadrones de bombarderos estratégicos poco pueden hacer para disuadir las salvas de drones baratos, siempre y cuando esos Estados nucleares sigan sin estar dispuestos a utilizar sus armas. Esto debería dar que pensar tanto a las potencias nucleares actuales como a aquellas que puedan querer adquirir este tipo de armas”, escribe Rose Gottemoeller, profesora de seguridad internacional y cooperación y exsecretaria general adjunta de la OTAN.

“Los adversarios, tanto estatales como no estatales, están cada vez más dispuestos y son cada vez más capaces de atacar a las potencias nucleares con armas convencionales. Esto trastoca la lógica tradicional de la disuasión nuclear. La disuasión mediante la amenaza de represalias nucleares, la herramienta tradicional que ha garantizado la estabilidad nuclear durante décadas, se está debilitando. La disuasión por negación —es decir, desincentivar a un atacante haciendo que parezca inútil— puede cobrar mayor importancia”, explica Gottemoeller.

La erosión de la disuasión nuclear no elimina los riesgos de su uso, por supuesto. Su eliminación es la única vía segura. Aunque entre sus defensores la disuasión nuclear se ha repetido como un mantra como elemento de supuesta estabilidad, no todo el mundo cree en ella. 101 países han firmado el Tratado para la Prohibición de las Armas Nucleares —solo tres países de la UE están entre los firmantes: Austria, Irlanda y Malta—.

Esa es la paradoja de un mundo sin armas nucleares: todos las quieren, pero nadie quiere soltarlas.

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