Nadie pone en duda que Ryan Murphy ha creado auténticas joyas imperdibles de la televisión. Tiene una mente ciertamente retorcida y un gusto por lo estético desmesurado que lo convierten en uno de los grandes artistas de nuestro tiempo. Sin embargo, por las razones que sean, su producción en los últimos años no termina de convencer a su fiel público ni a la crítica. No es que haga series terribles ni mucho menos, pero simplemente no consiguen alcanzar el esplendor o el éxito popular de sus anteriores trabajos, como las primeras temporadas de American Horror Story, Pose o incluso la primera entrega de su antología, Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer.
Ahora, Netflix acaba de estrenar su último trabajo junto a Ian Brennan, con quien ya ha colaborado en el resto de entregas de la antología. Monstruo: La historia de Lizzie Borden sigue a esta mujer victoriana, quien en 1982 fue acusada por acabar con la vida de su padre y su madrastra con un hacha, en un acto de tremenda rabia y violencia que, en principio, no encajaba con una mujer de su estatus.
Para el reparto la serie ha contado con un buen puñado de estrellas, destacando Charlie Hunnam y Rebecca Hall en los papeles de Andrew y Abby Borden; Vicky Krieps como la sirvienta Bridget Sullivan; la siempre espectacular Sarah Paulson como la asesina en serie Aileen Wuornos; y la menos conocida Ella Beatty, que hace un magnífico trabajo en el papel de Lizzie.
Quienes se acerquen a la serie con algo de conocimiento sobre el caso real descubrirán una historia distorsionada al gusto de sus creadores, morbosa, en la que los asesinatos -los de Lizzie y algunos otros- quedan justificados como un acto de venganza en un mundo hecho por y para los hombres. Una visión bastante buenista que, como espectador, puede dejar un buen sabor de boca, pero que en su desarrollo da algunos bandazos y se va por algunas ramas que distraen -y mucho- de la idea principal, abanderándose de una suerte de feminismo que no cuaja.
Dos crímenes y un romance
---[A partir de aquí encontrarás SPOILERS de 'MONSTRUO: LA HISTORIA DE LIZZIE BORDEN']---
La historia se vehicula en gran medida a través del romance entre Lizzie (Beatty) y Bridget (Krieps), quienes deciden castigar a los Borden por la forma despiadada en que tratan a su hija pequeña. Un trato que, como espectadores, nos va a exasperar hasta el extremo. Desde la llegada de Bridget a la casa, esta detecta rápidamente el abuso que se ejerce sobre la desvalida y dulce Lizzie y decide protegerla.
Con el paso de los meses, las dos mujeres comienzan a desarrollar una intimidad muy fuerte que termina por convertirse en romance, en una relación marcadamente desigual entre el carácter valiente y resuelto de Bridget, una mujer que ha visto mundo, y la débil personalidad de Lizzie, una amante de la naturaleza que solo sabe recibir palos de todo el mundo. Rápidamente se hacen conscientes de que ambas son víctimas de los tiranos Borden y elaboran un plan para acabar con ellos.
Esta idea del romance quiere señalar, principalmente, que Lizzie no cometió sola los asesinatos sino que contó con el silencio y cooperación de su amante, y que fue su deseo de protegerla y satisfacerla lo que la llevó a cometer los sangrientos crímenes. De hecho en la serie se incluye un tercer asesinato que también se justifica en esa protección de Lizzie hacia Bridget. Un giro interesante en su relación, porque hasta ese momento Bridget era la protectora y esto cambia completamente la dinámica de la relación.
Las mujeres buscan venganza
Uno de los puntos más originales de esta entrega, y eso no es necesariamente algo positivo, es que sus creadores han decidido entrelazar la historia de tres mujeres que, según ellos, estarían enormemente relacionadas. Por un lado, la columna vertebral es el caso de Lizzie Borden; por otro, se intercala la narración con la historia de la condesa Erzsébet Báthory, conocida como la “Condesa sangrienta”; y por último, damos un salto temporal hasta 1988 para entroncar con Aileen Wuornos, interpretada por la fabulosa Sarah Paulson.
La idea de conectar las tres historias parte de la supuesta fascinación que cada una de ellas siente por su predecesora, como una inspiración que las motiva a cometer sus propios crímenes. Además, la serie pone el acento en que esos asesinatos fueron cometidos como actos de venganza hacia un mundo que las había roto. Un mundo dominado por hombres que las trataban como si fueran basura.
Sin embargo, la justificación y la conexión en general entre las tres historias parece un poco cogida con pinzas y la puesta en escena, más que enriquecer la historia principal, muchas veces nos saca totalmente de lo que estamos intentando entender. Por no decir que construye un relato bastante simplista y rebuscadamente redentor de los crímenes a los que hace referencia.
Aquí la lectura forzosamente feminista no le hace ningún favor a la historia, no solo porque tiene varias incongruencias, sino también porque resulta pesada y carente de sentido. La guinda en este aspecto la pone el momento “lucha por el sufragio femenino” que, sencillamente, sobra y casi enfada.
Las temporadas de 'Monstruo': una antología irregular
Ojalá se pudiera pedir que todas las temporadas de una serie fueran geniales, pero en el mundo real eso rara vez se cumple. La antología de Monstruo empezó muy fuerte con el retrato de Dahmer, que se ganó el favor del público probablemente por lo grotesco y morboso de la historia real, la enorme interpretación de Evan Peters y su capacidad para generar una atmósfera asfixiante que ponía los pelos de punta.
Con la segunda entrega, la relativa a los hermanos Lyle y Erik Menendez, sus creadores lograron construir un relato a fuego lento que conseguía que empatizaras completamente con los protagonistas para después hacerte dudar de absolutamente todo lo que se había contado. Aunque incluía grandes dosis de fantasía, el resultado era una historia que enganchaba, con algunos momentos verdaderamente memorables.
La tercera entrega, sin embargo, no consiguió tanta aclamación a pesar de la gran interpretación de Hunnam, y daba muestras de estar más interesada en el morbo y en lo estomagante que en guardar ningún tipo de fidelidad hacia la historia real de los crímenes de Ed Gein.
Esta cuarta temporada no parece poner remedio a la tendencia descendente de las anteriores. Que no se entienda mal: las interpretaciones, la producción, el vestuario, la música… Tiene muchísimos elementos buenos, de hecho se atreve a añadir puntos cómicos que le sientan de maravilla, pero, por desgracia, la historia en su conjunto no termina de funcionar.