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Decíamos el otro día, hablando de la nueva versión fílmica de la Odisea , que Homero dibuja el marco de la cultura occidental. Sus personajes forman parte de un imaginario inagotable que encarna nuestra mirada sobre el mundo. Escojamos un ejemplo al azar: la venganza de Aquiles. En el canto XXI de la Ilíada , se explica que, debido a la muerte de su amigo Patroclo, la sed de sangre del héroe es tan intensa e insaciable que el río Escamandro queda teñido de rojo y los cadáveres que caen son tantos que el propio río se subleva y quiere ahogar al héroe. Aquiles mata, mata y mata, indiferente incluso a los ruegos de Licaón, un pobre infeliz, hijo del rey troyano Príamo, quien, tras ser vencido y secuestrado por Aquiles, y recuperado por los troyanos tras un humillante rescate, tropieza de nuevo en la guerra con el héroe.

 

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Licaón se arrodilla a los pies de Aquiles pidiendo clemencia. Inútilmente. Flemático, el héroe lo ejecuta entre burlas. La venganza de Israel por el sangriento atentado de Hamás ya fue narrada, pues, por Homero hace miles de años. La cólera de Aquiles por la muerte de su amigo evoca todas las Gazas de la historia.

Las guerras de hoy superan en inclemencia a las de los tiempos de Homero

Con todo, ese terrible carnicero que es Aquiles será benigno con Príamo, el rey troyano, que le pide el cadáver del hijo más querido. Héctor había matado a Patroclo; y Aquiles, a su vez, abatió a Héctor. Pero matarlo le supo a poco. Desfiguró entonces el cadáver de Héctor y no dejaba que lo enterraran: tenía que ser pasto de las aves, lo que para los griegos era una gran afrenta. Príamo visita en secreto la tienda de Aquiles y se humilla ante el héroe, quien, pensando en su padre, de su misma edad, se emociona y le concede el cadáver del hijo. El feroz y sanguinario Aquiles siente compasión por el lloroso padre que ha perdido a todos sus hijos en la guerra.

No parece que, en las guerras de hoy, la compasión tenga un lugar reservado. Muy convencidos estamos del progreso de la historia, pero, gracias a los drones y los misiles que exterminan desde muy lejos, con frialdad quirúrgica, los Putin, Trump y Netanyahu no sienten ni por un instante el reclamo de la piedad. Las guerras del presente superan en inclemencia a las de los tiempos de Homero.