Hay un bosque sin árboles. O, mejor dicho, tiene árboles que son pantallas, tejidos, circuitos, esculturas hechas con rezagos electrónicos, maderas encontradas en la calle, imágenes digitales, videojuegos, inteligencia artificial. Es un bosque fantástico, habitado por criaturas que pertenecen a un futuro aún imposible de nombrar.
En otra sala, un hombre del siglo XIX vuelve a conversar con el presente. Simón Rodríguez, filósofo, educador y maestro de Simón Bolívar, es “resucitado” por Luis Camnitzer mediante inteligencia artificial y sesiones de espiritismo.
Entre un bosque imaginario y el fantasma de un pedagogo, las dos nuevas exposiciones del Museo de Arte Moderno ponen el foco en cómo seguir pensando cuando las tecnologías modifican nuestra relación con el mundo y con las formas de conocimiento.
La doble inauguración de Bosques umbral y Luis Camnitzer: Todo por aprender. La resurrección de Simón Rodríguez integra “Habitando el Futuro”, el programa anual con el que el Moderno celebra sus setenta años. Estas dos exhibiciones coinciden en un eje clave: no se acercan a la tecnología desde la fascinación ingenua ni desde una mirada apocalíptica, sino que la convierten en territorio de interrogación. Se resisten a imaginar el futuro como una ruptura absoluta con el pasado.
En Bosques umbral, al cuidado de Nicolás Cuello, participan Gala Berger, Flavia Da Rin, Lulo Demarco, Alejandra Mizrahi, Toni Morales, Eva Moro Cafiero, Yhomara Muñoz y Jimena Travaglio. La exposición propone el bosque como metáfora de la conectividad: una red de relaciones, intercambios e interdependencias capaces de inspirar otras formas de organización. Para Cuello, el bosque no sólo se refiere al impacto que tienen los ecosistemas en los modos de imaginación artística, sino a la manera en que los ecosistemas pueden inspirar formas de conectividad, de circulación de la información y de producción de comunidad.
Aquí la tecnología no aparece como una sucesión de nuevos dispositivos: incluye el tejido, el telar, el diseño, la construcción colectiva, el reciclaje y las formas ancestrales de producir imágenes y transmitir saberes. Ingresar en la exhibición es como transitar un bosque con pequeñas guaridas. Mizrahi, artista tucumana que trabaja desde hace años con tejedoras randeras del norte argentino, incorpora la técnica textil característica de Tucumán.
Una de las operaciones centrales de Bosques Umbral es desarmar la idea de que tecnología equivale exclusivamente a industria, velocidad y dispositivos electrónicos. En esa línea se encuentra el trabajo de Moro Cafiero, artista y activista ambiental de La Plata. Sus esculturas nacen de desechos tecnológicos: pantallas de tablets y disipadores de computadoras, entre otros. La artista los desmonta para descubrir sus posibilidades estéticas y convertirlos en criaturas fantásticas.
Cafiero aprendió buena parte de esos procedimientos mediante tutoriales de YouTube y el intercambio con agrupaciones (como los Cibercirujas) dedicadas a recuperar y reparar dispositivos. No hay una relación de dependencia frente a una tecnología misteriosa e inaccesible: hay apropiación. “La tecnología no es una nube etérea”, plantea la artista.
Muñoz, artista boliviana residente en Buenos Aires, propone otro cruce entre tecnología y memoria cultural. Travaglio trabaja sobre una tensión diferente: la aceleración digital frente al tiempo del cuerpo. Sus textiles reproducen patrones y glitches propios de las imágenes digitales, pero son realizados lentamente, a mano, durante años. En Montaña insomne, una pieza de gran formato, toma como referencia los diseños de las placas madre de las computadoras. La imagen digital, aparentemente intangible, adquiere peso, superficie y tiempo.
Demarco construye seres fantásticos con maderas recicladas: fragmentos quebrados por causas naturales o restos de poda urbana adquieren nuevas corporalidades. Son criaturas extrañas, desconocidas, de bosques de un futuro incierto. “Estos relatos son parte de una serie que vengo trabajando hace mucho tiempo, que tienen como base la función especulativa; todos tienen que ver de una forma u otra con la migración de una forma queer”, dice el artista.
Las obras de Berger combinan textiles, bordados, sublimación digital e imágenes producidas con herramientas de inteligencia artificial. En algunas piezas recupera imágenes de objetos culturales de pueblos originarios conservados en colecciones de museos del norte global. Al transformarlas, las convierte en presencias espectrales que habitan bosques fantásticos. La ciencia ficción funciona aquí como herramienta de reparación imaginaria: una manera de pensar qué hacer con aquello que fue extraído, desplazado y despojado de su territorio.
La muestra se completa con Flavia Da Rin y La epopeya de la crisálida, un magnífico video producido en 2019 y recientemente incorporado al patrimonio del Moderno. Una oruga deambula por distintos mundos y se encuentra con personajes interpretados por la propia artista. La crisálida se convierte en un umbral entre identidades, tiempos y estados. Ese concepto es el ADN de toda la exposición: el umbral no es una frontera rígida, sino un espacio de potente transformación.
¿Y si delegásemos nuestra capacidad de imaginar?
Si en Bosques Umbral el futuro se imagina desde la convivencia entre múltiples tecnologías, en la exposición de Luis Camnitzer la pregunta se desplaza hacia el conocimiento: ¿qué ocurre con nuestra capacidad de pensar cuando una máquina puede producir textos, imágenes y respuestas a una velocidad inigualable?
Camnitzer, nacido en Lübeck en 1937, ciudadano uruguayo y estadounidense y figura fundamental del conceptualismo latinoamericano, vuelve sobre una preocupación que marca su trayectoria: la relación entre arte, educación y emancipación. La muestra, al cuidado de Alfredo Aracil, recupera la figura de Simón Rodríguez, filósofo y pedagogo venezolano del siglo XIX, como una suerte de amigo intelectual del artista. En paralelo con la exposición, el Museo acaba de publicar Luis Camnitzer: Más allá de la inteligencia, con textos del artista.
Rodríguez entendía la educación como una herramienta para formar sujetos capaces de gobernarse a sí mismos. No se trataba simplemente de transmitir conocimientos, sino de crear condiciones para que las comunidades pudieran pensar y actuar con autonomía. Camnitzer encontró en él, desde los años ochenta, un antecedente decisivo para pensar el conceptualismo latinoamericano como una práctica vinculada con la comunicación, la participación y la transformación social.
Para Camnitzer, leer es resucitar ideas. El pasado no es un depósito de respuestas, sino un conjunto de pensamientos que pueden volver a entrar en circulación cuando se los enfrenta con los problemas del presente.
Camnitzer utiliza herramientas de inteligencia artificial para construir diálogos ficcionales entre Rodríguez y otros pensadores y artistas, entre ellos Bell Hooks, Frantz Fanon, Ivan Illich, María Montessori, Lygia Clark y las hermanas Cossettini. También conversa con la inteligencia artificial Claude acerca del papel de los artistas en una época signada por la IA. La pregunta no es si la inteligencia artificial va a reemplazar al artista. Es más incómoda: ¿qué sucedería si empezáramos a delegarle nuestra capacidad de imaginar?
En una de las obras, Camnitzer entrega a la inteligencia artificial los aforismos de Rodríguez y le pide que los actualice. El visitante puede comparar las formulaciones originales con las nuevas versiones generadas por la máquina. En otro sector, el público participa directamente: puede definir palabras tomadas de Sociedades americanas, el libro de Rodríguez, y dejar sus definiciones escritas en una pared de la sala.
Para agendar
En el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Av. San Juan 350), Bosques Umbral se puede visitar en la sala G del 2° piso, hasta el 1° de agosto de 2027. Luis Camnitzer: Todo por aprender. La resurrección de Simón Rodríguez se exhibe en la sala D del primer piso hasta el 1° de febrero de 2027. Entrada general: $4000 para residentes en la Argentina.
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