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- Autor, Gerardo Lissardy
- Título del autor, BBC News Mundo
Fecha de publicación 1 hora
Tiempo de lectura: 8 min
La toma de posesión de Keiko Fujimori como presidenta de Perú supone el retorno a la cima del poder de un apellido que marcó época, aún divide el país y conserva adeptos pese a estar ligado a graves abusos.
La derechista asume el cargo este martes tras imponerse en las elecciones por un estrechísimo margen a su adversario de izquierda, Roberto Sánchez.
Fue el cuarto balotaje presidencial que Fujimori disputó en 15 años y lo ganó tras reivindicar más que nunca el polémico gobierno de su padre, fallecido en 2024.
Alberto Fujimori presidió Perú de 1990 a 2000, una década en la que se le atribuye estabilizar la economía peruana y acabar con insurgencias armadas de izquierda, pero también actos de corrupción y violaciones de derechos humanos que lo llevaron a la cárcel.
Su hija fue primera dama durante buena parte de ese período y, ahora con 51 años, promete respetar la ley pero recuperar "el orden" y aplicar una política de seguridad de "mano dura" contra el crimen, una inquietud prioritaria de los peruanos.
"Como tengo la sangre de Alberto Fujimori, lo haremos con los pantalones bien puestos para derrotar a la delincuencia", dijo durante la campaña.
Que haya logrado con mensajes de ese estilo superar por mínima diferencia al movimiento antifujimorista que le impidió ganar en las tres elecciones pasadas marca un cambio político, sostienen expertos.
"Los recuerdos de Alberto se desvanecieron un poco y por eso ella se sale con la suya", le dice a BBC Mundo Cynthia McClintock, una profesora de ciencia política en la Universidad George Washington que ha estudiado Perú durante décadas.
Pero hay semejanzas y diferencias importantes a considerar entre los dos Fujimori.
Ayer y hoy
Hijo de inmigrantes japoneses e ingeniero agrónomo, Alberto Fujimori venció en las elecciones peruanas de 1990 al escritor Mario Vargas Llosa y se volvió en varios sentidos el prototipo de un líder político que luego se vería (y aún se ve) en otras partes de América Latina.
La historia es conocida: un outsider de la política es electo por el desgaste de los partidos tradicionales, concentra poder a costa de la democracia, polariza el país e impulsa una política de seguridad que atropella derechos fundamentales, pero tiene apoyo popular y sigue en el cargo más allá del límite previsto para su mandato.

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El "autogolpe" que Fujimori dio en 1992, al disolver el Congreso e intervenir el Poder Judicial con apoyo de los militares, mostró cómo la democracia podía ser asfixiada por alguien electo gracias a ella, en vez de quebrarse apenas con golpes de Estado a la vieja usanza, señalan expertos.
Fujimori también fue el primer expresidente elegido en democracia en América Latina que resultó condenado por violar los derechos humanos en su país, como responsable de masacres cometidas por una unidad militar que asesinó a 25 personas al inicio de su gobierno.
A diferencia de su padre, Keiko Fujimori llega a la presidencia con décadas de experiencia política.
Como hija mayor del presidente, en 1994 se volvió primera dama peruana a los 19 años cuando sus padres se divorciaron.
Luego de estudiar administración de empresas en Estados Unidos, entró al Congreso peruano en 2006 con la mayor votación y en 2010 fundó Fuerza Popular, el partido fujimorista por el que fue electa ahora tras disputar la presidencia en 2011, 2016 y 2021.
Keiko Fujimori buscó durante años desmarcarse del perfil antidemocrático de su padre.

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En 2016 dijo que nunca daría un "autogolpe". Y en la última campaña sostuvo que sería "implacable" contra la corrupción y de ninguna manera permitiría los "horrendos crímenes" del grupo militar por los que fue condenado su padre.
Pero también negó que hubiera pruebas contra su padre en ese proceso judicial, pese a que la sentencia se mantuvo firme en distintas instancias.
Organizaciones de derechos humanos anunciaron protestas por el inicio del gobierno de Fujimori, cuyo partido logró aprobar este mes en el Congreso una ley para evitar que policías y militares sean juzgados por la justicia civil en casos de abusos: pasarán, en cambio, a tribunales castrenses.
Las circunstancias son distintas y es poco probable que en Perú se repitan atropellos a los derechos humanos como hubo en el gobierno de Fujimori, dice McClintock.
Pero advierte que "son muy similares las preocupaciones por cierto autoritarismo latente, por que incumpla las normas (y) por la corrupción".
En nombre del padre
La campaña con la que Fujimori fue elegida presidenta estuvo cargada de referencias más o menos directas al gobierno de su padre.
Su eslogan de "vuelve el orden" y su promesa de "pacificar Perú" evocaron lo que para muchos simpatizantes fueron éxitos de Alberto Fujimori en encauzar con ortodoxia neoliberal una economía descarrilada y derrotar las insurgencias de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru.

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El politólogo José Incio, profesor de ciencias sociales en la Pontificia Universidad Católica del Perú, observa que "la Keiko que hizo campaña en 2011, donde lo que estaba fresco de su papá eran los temas de corrupción y de violación de derechos humanos, evitaba ser tan evocativa de ese periodo".
"Pero ahora estamos en otra situación en la cual, por lo menos para un sector de la clase media, la amenaza más grande no es esa sino una izquierda que venga a generar desorden económico, y comparan la delincuencia con los tiempos del terrorismo", le dice Incio a BBC Mundo.
Además de "mano dura" contra el crimen en un país donde han aumentado la extorsión y los homicidios, Fujimori propuso que magistrados anónimos juzguen a presuntos delincuentes aunque esto vaya contra la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Durante el gobierno de su padre, jueces sin identificar procesaron supuestos casos de terrorismo que luego acabaron en numerosos indultos por falta de garantías.
Fujimori también ha planteado instalar en Perú megacárceles como la que construyó el presidente Nayib Bukele en El Salvador para expandilleros, pese a los señalamientos de abusos que la misma recibe.

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Por otro lado, ha dicho que mantendrá el orden macroeconómico pero repetirá medidas de su padre que muchos consideraron populistas, como la entrega masiva de títulos de propiedad de tierras.
"Puedes ser populista y ortodoxo al mismo tiempo, es lo que demostró Fujimori", dice Incio.
"(Keiko) no va a hacer un populismo económico de izquierda, porque lo que menos va a querer es tocar cosas macro que afecten a esa clase media, como el tipo de cambio, pero sí va a hacer un uso del Estado populista".
Él y otros analistas atribuyen su triunfo en parte al cansancio de los peruanos con la inestabilidad política que los llevó a tener ocho presidentes en la última década.
Pero responsabilizan en parte de eso a la propia Fujimori, por usar su mayoría en el Congreso para forzar la caída del presidente Pedro Pablo Kuczynski en 2018 mediante un mecanismo constitucional para casos excepcionales de "incapacidad moral" que pasó a activarse con frecuencia desde entonces.
Ahora los expertos consideran difícil que la nueva presidenta sea víctima del mismo mecanismo, dado que tendrá más apoyo en un Congreso fragmentado, aunque sin mayorías propias.

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Sánchez, el adversario de Fujimori en el balotaje, fue visto por muchos como una opción más riesgosa por estar asociado al expresidente Pedro Castillo, quien intentó dar otro "autogolpe" en 2022 pero fracasó y terminó preso.
La prisión de expresidentes en Perú por distintos procesos se ha vuelto frecuente desde que Alberto Fujimori pasó 16 años encarcelado y recuperó la libertad en 2023, sin completar su condena de 25 años, gracias a un indulto.
Keiko también cumplió cerca de un año y medio de prisión preventiva entre 2018 y 2020, en una causa por presuntas aportaciones ilegales para sus campañas que fue desestimada el año pasado.
La presidenta ha asegurado que estará en el cargo solamente durante los cinco años de su mandato.
Esa fue otra diferencia que marcó públicamente con su padre, quien tras dar su golpe y reformar la Constitución fue reelecto en dos oportunidades hasta que renunció durante un viaje al exterior en medio de varios escándalos.
Lo que falta saber ahora es cuánto se parecerá o distinguirá en los hechos el gobierno de Keiko con el de Alberto Fujimori: este martes comienza a develarse esa historia.

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