Las pantallas generan hoy el principal foco de conflicto dentro de los hogares argentinos y la irrupción de la inteligencia artificial (IA) plantea nuevos desafíos para las familias. Sin embargo, mientras los adultos expresan preocupación y demandan mayor intervención de las escuelas, los jóvenes ya integran estas herramientas a su vida académica cotidiana, con niveles de uso y criterios de validación que muestran una relación más compleja y madura con la tecnología.

Esta realidad surge del análisis conjunto de los estudios “Radiografía de la familia argentina: nuevo contrato con la escuela” y “Reflejos de una generación”, que elaboré junto con la Confederación Interamericana de Educación Católica (CIEC), y que permiten comprender cómo está cambiando la relación entre familias, estudiantes y escuelas frente a la inteligencia artificial.

Según los datos obtenidos, las pantallas constituyen actualmente el conflicto número uno en los hogares, asociado al tiempo de uso, posibles adicciones, exposición a contenidos y otros riesgos digitales. El 55,2% de las familias afirma que la tecnología genera conflictos en el hogar; los padres otorgan una preocupación de 7,2 sobre 10 al tiempo que sus hijos pasan frente a las pantallas; el 67,8% establece límites de tiempo de uso y el 48,6% recurre a la supervisión de un adulto.

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A partir de estos resultados, sostengo que la preocupación tecnológica funciona como un constructo relativamente unificado: cuando los padres se preocupan por las pantallas, también tienden a percibir más riesgos tecnológicos y más conflictos en el hogar. Esta preocupación les está generando mayores niveles de estrés, agregando preocupación y malestar emocional.

Uno de los hallazgos que considero más relevantes es la distancia entre la preocupación de las familias y su nivel de preparación para abordar estos temas. Identifico una verdadera paradoja comunicativa: aunque el 88,3% de los padres afirma hablar con sus hijos sobre lo que hacen en Internet, un porcentaje menor de las familias consultadas se siente verdaderamente seguro respecto de sus conocimientos tecnológicos.

Al mismo tiempo, el 77% considera que la escuela debe tener un papel más activo en la educación digital. Las familias aseguran que la escuela es un ámbito prioritario para la alfabetización digital de niños y jóvenes.

A esto se suma un dato que considero determinante: los estudiantes demuestran ya disponer de una alta alfabetización digital. En ese contexto, la alfabetización digital surge como una competencia clave a desarrollar en la escuela. La pregunta es si los colegios, al igual que las familias, presentan problemas estructurales y si saben cómo abordarlos.

Mientras los adultos intentan comprender los cambios tecnológicos, los estudiantes ya incorporaron la inteligencia artificial a sus rutinas de estudio. El uso predominante de la IA se concentra en el ámbito académico y sus principales beneficios son claros: ahorrar tiempo en la búsqueda de información (64,5%), comprender temas difíciles (55,2%), facilitar la organización y planificación de tareas (41,7%) y acceder a una mayor cantidad de recursos educativos (37,7%).

Los datos también muestran que los estudiantes entienden la IA principalmente como una herramienta puramente pedagógica y con filtros de validación. Preguntan a dos o tres aplicaciones de inteligencia artificial para comprobar que la información que reciben sea correcta y válida.

Uno de los hallazgos que más me llamó la atención es que las preocupaciones de los estudiantes difieren significativamente de las de los adultos. Mientras las familias centran sus inquietudes en las pantallas, la privacidad o los riesgos digitales, los jóvenes expresan temores vinculados al impacto humano de la tecnología. La preocupación es más humanista que tecnológica.

La principal inquietud no está asociada a fallas de seguridad ni a riesgos externos, sino a la posible pérdida del juicio autónomo, lo que plantea la necesidad de promover un uso consciente, crítico y equilibrado de estas herramientas.

Además, seis de cada diez estudiantes afirman confiar en la información que les proporciona la IA, aunque mantienen mecanismos de validación y contraste de datos. “Confío, pero verifico”, es la expresión que mejor resume la relación de esta generación con la inteligencia artificial.

A mi entender, los chicos temen perder su capacidad de reflexión, que se lo hagan demasiado fácil, pero, al mismo tiempo, desconfían. Son estudiantes en alerta y con un alto nivel de madurez tecnológica. Son generaciones muy digitales que integran la inteligencia artificial con naturalidad en su rutina vital.

Todo esto me lleva a una conclusión clara: Argentina atraviesa una transformación profunda en la relación entre familia, escuela y estudiantes. Por un lado, los padres reconocen que necesitan apoyo para acompañar a sus hijos en un entorno digital cada vez más complejo. Por otro, los jóvenes ya incorporan la inteligencia artificial a sus procesos de aprendizaje y demandan herramientas que les permitan utilizarla de manera responsable.

En este escenario, considero que la escuela emerge como el actor capaz de tender puentes entre ambas realidades. Más que enseñar a usar tecnología, el desafío pasa por desarrollar pensamiento crítico, alfabetización digital y criterios éticos para convivir con herramientas que ya forman parte de la vida cotidiana.

Al analizar los datos aportados por ambas investigaciones, concluyo que el futuro de la educación en Argentina dependerá cada vez más de la capacidad de construir una alianza sólida entre familias, estudiantes y escuelas para afrontar juntos los desafíos de la era de la inteligencia artificial.

*Director Global de Inteligencia de Negocio de Santillana. Analista de los estudios “Radiografía de la familia argentina: nuevo contrato con la escuela” y “Reflejos de una generación” de Santillana y CIEC.