Un estudio revela que las alas de una polilla no solo sirven para volar: también pueden detectar compuestos químicos clave para encontrar el mejor lugar donde poner sus huevos.
Publicado por
Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
Creado: 9.08.2026 | 11:12
Actualizado: 9.08.2026 | 11:12
Hasta ahora, el papel de las alas de los insectos parecía estar bien definido. Eran estructuras diseñadas para el vuelo, repletas de diminutos sensores capaces de percibir el aire, las vibraciones o incluso el contacto con determinadas superficies. Sin embargo, un equipo de investigadores del Instituto Max Planck de Ecología Química acaba de añadir una función completamente inesperada a esa lista: las alas de una polilla pueden actuar también como un órgano del olfato.
El hallazgo se centra en Manduca sexta, conocida como polilla esfinge del tabaco, una especie ampliamente utilizada en investigación por su extraordinaria capacidad para localizar flores y plantas hospedadoras. Los científicos llevaban tiempo sospechando que en sus alas ocurría algo más de lo que parecía. Estudios previos habían detectado la presencia de genes relacionados con la percepción química, pero faltaba demostrar que esas estructuras fueran realmente capaces de detectar olores.
La investigación, publicada en Journal of Experimental Biology, reúne evidencias anatómicas, genéticas, electrofisiológicas y de modelización molecular que apuntan en la misma dirección. En conjunto, dibujan un escenario sorprendente: mientras la polilla vuela, sus alas podrían estar contribuyendo activamente a reconocer determinadas señales químicas del entorno, complementando el trabajo que realizan las antenas.
El descubrimiento modifica la visión clásica de estos insectos y plantea nuevas preguntas sobre cómo interpretan el mundo que los rodea. La capacidad de localizar una planta adecuada para depositar los huevos podría depender de más órganos sensoriales de los que la ciencia había imaginado.
Un examen microscópico reveló unas estructuras muy diferentes de lo esperado
Para averiguar si las alas podían desempeñar un papel en el olfato, los investigadores comenzaron por estudiar su superficie con microscopía electrónica de barrido. Tras retirar cuidadosamente las escamas y recubrir las muestras con una finísima capa de oro, observaron dos tipos de pequeñas estructuras sensoriales distribuidas por los bordes alares.
Unas eran largas y delgadas, con una morfología compatible con funciones mecánicas relacionadas con el vuelo. Las otras, bastante más cortas, presentaban una característica mucho más llamativa: estaban cubiertas por diminutos poros y poseían una abertura cercana a la punta. Ese patrón es típico de las sensilas químicas, las estructuras que permiten a muchos insectos detectar moléculas del ambiente.
El equipo contabilizó entre 21 y 32 de estas sensilas en cada ala, dependiendo del sexo y del tipo de ala. La presencia simultánea de una base compatible con funciones mecánicas y una superficie porosa sugiere que podrían combinar varias tareas al mismo tiempo: ayudar al control del vuelo y, además, captar señales químicas presentes en el aire.
Este detalle resulta especialmente interesante porque, hasta ahora, la mayoría de los estudios sobre las alas de mariposas y polillas se habían centrado casi exclusivamente en su función mecánica, dejando prácticamente inexplorada la posibilidad de que también participaran en el sentido del olfato.

El estudio demuestra que el vuelo y el olfato están mucho más conectados de lo que la biología había considerado hasta ahora.
El análisis genético confirmó que las alas poseen receptores relacionados con la percepción química
La siguiente pregunta era evidente: si esas estructuras tenían aspecto de sensores químicos, ¿contenían también la maquinaria molecular necesaria para detectar olores?
Para responderla, los investigadores analizaron el ARN presente en los bordes de las alas de machos y hembras adultas. El estudio identificó la expresión de genes pertenecientes a varias familias de receptores químicos, incluidos receptores gustativos y receptores ionotrópicos, implicados en otros insectos en la detección de diferentes compuestos.
En total, se detectó la expresión de quince genes receptores en los márgenes alares. Algunos estaban asociados a la percepción de sustancias amargas mediante contacto, mientras que otros se relacionaban con la detección de aminas volátiles, un grupo de compuestos nitrogenados presentes en numerosas plantas.
Curiosamente, los investigadores no encontraron uno de los elementos esenciales que normalmente utilizan los receptores olfativos clásicos de los insectos. Ese resultado indica que las alas no emplean exactamente el mismo sistema de detección que las antenas, sino que podrían utilizar una vía sensorial diferente y mucho más especializada.
Solo dos olores activaron las alas de la polilla
La prueba definitiva consistía en comprobar si las alas respondían realmente cuando recibían distintos estímulos químicos.
Para ello, el equipo desarrolló una técnica similar a la electroantenografía, utilizada habitualmente para estudiar el olfato de los insectos. Conectaron un ala a un sistema de registro eléctrico y fueron enviando pequeñas ráfagas de diferentes compuestos químicos.
La lista incluía aminas, terpenos, ácidos, ésteres y mezclas naturales procedentes de flores y plantas utilizadas por la especie. El resultado fue mucho más selectivo de lo esperado.
Las alas únicamente reaccionaron de forma clara frente a dos sustancias: la pirrolidina y la piperidina. Ambas pertenecen al grupo de las aminas y aparecen de forma característica en plantas de la familia de las solanáceas, precisamente aquellas que Manduca sexta utiliza como lugar preferente para depositar sus huevos.
Ni los aromas florales, ni otros compuestos vegetales, ni sustancias químicamente parecidas provocaron una respuesta comparable. Esa elevada selectividad sugiere que las alas no funcionan como una segunda nariz generalista, sino como un detector muy especializado para señales concretas con importancia ecológica.

Los resultados revelan que un órgano considerado durante décadas puramente mecánico también puede desempeñar un papel en la percepción de olores.
El hallazgo escondía una sorpresa aún mayor
Los investigadores pensaban que esos sensores químicos estarían concentrados únicamente en los bordes del ala, donde habían localizado las sensilas porosas.
Sin embargo, al eliminar experimentalmente esos márgenes y repetir las pruebas eléctricas, comprobaron que las alas seguían detectando las mismas aminas.
Ese resultado abre una nueva hipótesis: podrían existir estructuras sensoriales similares repartidas por otras zonas del ala, aunque permanezcan ocultas bajo las escamas y todavía no hayan podido identificarse mediante microscopía.
Para intentar averiguar qué proteínas estaban implicadas en esa detección tan específica, el equipo recurrió además a modelos tridimensionales generados mediante inteligencia artificial. Las simulaciones mostraron que dos receptores candidatos, pertenecientes a una familia de receptores ionotrópicos característica de los lepidópteros, presentaban un ajuste especialmente preciso con las moléculas de pirrolidina y piperidina, lo que los convierte en los principales candidatos para explicar esta capacidad sensorial.
Aunque serán necesarios nuevos experimentos para confirmar definitivamente esa función, el trabajo ofrece una explicación coherente sobre cómo las alas podrían participar en la búsqueda de las plantas más adecuadas para la reproducción.
El estudio demuestra que las alas de Manduca sexta son mucho más que un instrumento para mantenerse en el aire. También forman parte del sofisticado sistema con el que estos insectos interpretan el paisaje químico que los rodea. Cada batido podría aportar información adicional sobre el lugar donde merece la pena detenerse, alimentarse o dejar la siguiente generación.
Referencias
- Ahmed Reda Ismaieel et al, Noses on the wing: the olfactory capacity of hawkmoth wings, Journal of Experimental Biology (2026). DOI: 10.1242/jeb.252047