La segunda semana de agosto empieza con las bolsas de casi todo el mundo –incluida la española– en máximos históricos. Eso es un indicador clave que demuestra la confianza en la evolución de la economía. Todos los riesgos han ido a la baja, y los resultados empresariales van al alza. Ello ha sido más que suficiente para mantener elevadas las apuestas bursátiles de los inversores. La vista está puesta ahora en si la tendencia actual continuará después de vacaciones. El consenso de los analistas es positivo. Parece que todavía hay un recorrido moderadamente alcista siempre que no surjan imprevistos económicos ni geopolíticos.

El punto de partida, sin embargo, es muy exigente, porque las bolsas ya han subido mucho. El índice S&P 500 de la Bolsa de Nueva York, que es el más representativo del panorama empresarial, ya que incluye quinientas empresas, cerró el pasado viernes en los 7.757 puntos, lo que supone un nuevo récord histórico, con una subida acumulada del 13,3% en el 2026. El índice Nasdaq, que reúne al conjunto de compañías tecnológicas, también bate récords, con una ganancia acumulada del 14,8%. Las bolsas europeas, asimismo, también están en zonas de máximos, con la bolsa española como la más destacada. El Ibex, que incluye las 35 empresas españolas más importantes, ha superado los 20.000 puntos, con una ganancia acumulada del 16,7% este año, después de haber subido un espectacular 49% en el 2025. La bolsa española, en este sentido, se ha comportado con un optimismo excepcional al margen de las tensiones geopolíticas internacionales y de los conflictos políticos domésticos. El Ibex 35 necesitó 18 años para volver a batir en octubre pasado los máximos que registró antes de la crisis del 2008. Desde entonces, solo ha necesitado menos de diez meses para superar los 20.000 enteros.

Lo que sucede en el estrecho de Ormuz sigue marcando el clima de incertidumbre

Las subidas de la bolsa, fundamentalmente, hacen más ricos a los que ya lo son y ofrecen una mejora de la rentabilidad al conjunto de los ahorradores, ya sea que inviertan directamente en acciones o lo hagan a través de fondos de inversión o de planes de pensiones. Este aumento global de las ganancias económicas genera un efecto riqueza en el conjunto de la economía que se traduce generalmente en mayor consumo, mayores inversiones y, en consecuencia, en más crecimiento económico y en la mejora del empleo. El Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé, por ejemplo, un aumento del crecimiento mundial del 3% para este año y del 3,4% en el 2027.

El diagnóstico de los economistas del FMI es que el impacto negativo de las guerras en Oriente Medio y Ucrania y el consiguiente shock energético están siendo compensados parcialmente por el extraordinario ciclo inversor tecnológico, especialmente en inteligencia artificial (IA), que permite aumentar la productividad y los beneficios, especialmente en las empresas de Estados Unidos. La inversión vinculada a IA, los centros de datos, los semiconductores y la digitalización se mantiene como uno de los grandes motores del mercado. Otro gran motor del mercado, paradójicamente, siguen siendo las guerras, en la medida que aumentan la demanda de producción de armamento y las enormes inversiones que ello conlleva.

El mercado bursátil español presenta altas dosis de fortaleza frente a los riesgos geopolíticos

La otra variable que influye directamente en la economía, y fundamentalmente en la bolsa, son los tipos de interés. En este sentido, el debilitamiento del empleo en Estados Unidos que se conoció el viernes, con 23.000 puestos de trabajo destruidos en julio, fue recibido con euforia en Wall Street –que influye decisivamente en el resto de las bolsas mundiales– porque reduce la posibilidad de un nuevo endurecimiento de la Reserva Federal sin que implique riesgo de recesión. Eso significa que los costes financieros para empresas y consumidores se mantendrán estables por el momento en la primera economía del planeta. En Europa, los tipos de interés también se mantienen estables, sin que se descarte un sesgo alcista.

Los costes energéticos, en cualquier caso, son claves. En este sentido, lo que suceda en Irán y en el estrecho de Ormuz es todavía uno de los principales riesgos para el escenario económico y bursátil mundial. Si Ormuz se normaliza, no solo baja el petróleo: baja la inflación, aumenta el margen para reducir tipos de interés y mejora el escenario para las bolsas. Si ocurre lo contrario, el petróleo se encarece, sube la inflación, hay tipos de interés más altos durante más tiempo, menor crecimiento y presión bajista sobre los mercados bursátiles. Hasta ahora, desde que se inició la guerra con Irán, las bolsas han superado la situación, ya que el precio del petróleo se ha contenido. Pero la incertidumbre sigue ahí.