Lucía Gimeno Barea

08/08/2026 a las 01:14h.

Anita tiene 29 años y se ha quedado para vestir santos. Es una mujer alta, corpulenta y ni guapa ni fea, aunque sus ojos de color verde aceituna brillan con la compañía de cualquiera de sus cinco hermanas. Anita es la que menos ha ido al colegio, la que peor habla e, irónicamente, la que mejor se explica. Tiene 29 años y, a pesar de su desparpajo, ningún hombre la mira.

«Anita, se te ha pasado el arroz...», sentencia que relampaguea entre sus pensamientos mientras hojea las revistas de moda en la casa donde limpia, una casa amplia, con jardín, piscina y puerta de servicio.

Anita ya no está en edad casadera, pero cuando nadie la observa bebe de otros labios y mira con otros ojos, aprendiendo a colorear su vida con los lápices de un amor infantil y secreto, dejándose llevar por el rojo que Francisco despierta en sus mejillas. Anita está en misa y a la vez de repiqueo, Anita reza, Anita cuida, pero Anita ama, está loca por un muchacho que se encuentra en edad casadera y, además, es guapo, pero guapo de verdad, con la espalda ancha, el pelo ondulado y de renombre. Y Anita, que limpia en su casa, se muere cada vez que ese hermano mayor de buena familia la mira, la seduce y la mima. Y ella, a la que el tiempo le ha esculpido una línea entre las cejas y no es digna del amor de ningún hombre, se entrega en cuerpo y alma, saboreando cada migaja de cariño que le brinda. Ella, que no se merece que la quieran, mira a Francisco como el realizador de la obra de caridad más importante de su vida: quererla como un hombre quiere a una mujer.

Francisco tiene edad de mili, juerga y mozas, porte señor y soberbia de príncipe. Cuando su romance se hizo público, el pueblo les dio la espalda: «Qué pena… Para casarse no la va a querer…. No le dará vergüenza con la edad que tiene… Y es que, de toda la vida, llamar pelón al pelado no es pecado», y Anita lloraba, pero con la frente alta y gozando de un amor que compensaba su vergüenza.

Francisco y Anita bailaban en público y se regalaban noches enteras en vela, pero a él, buen mozo de edad casadera, le llegó el tiempo de la obligación militar. Decidieron que lo mejor para una mujer débil como ella era esperar a su amado en un convento. Un lugar en el que podía rezar por sus pecados, orar por el perdón de Dios más que por el perdón del pueblo o de su familia, y esperar a su mozo de moral intacta.

Anita soñaba cada día con su regreso, aprendió a cocinar las recetas del 'Manual para una buena esposa' de la Sección Femenina, trabajaba el huerto y aprendió a leer, tarea de gran envergadura para una mujer que no había tenido la oportunidad de tocar un libro todavía, obligación para una futura esposa de señor. Anita leyó y releyó el Antiguo y el Nuevo Testamento y cosió un vestido blanco y amarillo con los pétalos de las margaritas salvajes que crecían en el patio del convento y que mandaban podar cada semana. Anita se alfabetizó, aprendió a limpiar como una esposa más que como criada, se hizo aún más beata y pensó en su caballero andante de edad casadera, buena familia y buenas intenciones, aquel que la metió en un convento cuando la echaron de casa y cuando Juanito el tabernero la piropeó, para que no corriera peligro, para que no cediera a la influencia de sus hermanas, que lloraban su pérdida como buena mujer: «Anita, este ni chicha ni limoná», «Anita, que eres tonta», «Anita, ¿y quién cuidará de papa y mamá si tú te casas»…

Y Anita, el día previsto de la vuelta de su amado, se puso un vestido blanco que no era precisamente de novicia y esperó, esperó y esperó. Y Francisco no llegó. Pero Anita no desistió: «Le habrá pasado algo, lo querrán de oficial, que es muy guapo y servicial...».

Con cada amanecer, Anita, con los ojos como luceros y la esperanza de la novia del muelle de San Blas, se vestía de blanco. Y Anita cocinaba, pero los postres ya no le salían de mujer casada, sino de criada, y esperaba, y ya no limpiaba como prometida, sino como novicia. Y lloraba, y se vestía de margaritas secas, marchitas, desesperadas. Y bordaba puntos que se deshacían a la par que se tejían. Y lloraba, rezaba y trabajaba un huerto cada día más yermo, y pasó noviembre, diciembre y enero. Se vestía de blanco y se olvidó de leer, de escribir, de la caridad de los pobres y hasta de Dios, mirando por la ventana un cielo cada vez más oscuro y menos fértil. Cocinaba postres amargos, y no por falta de azúcar, sino por la falta de vida. Francisco no volvió a buscarla, dinamitando todas las canciones que compartieron de manera clandestina, emborronando las acuarelas que daban luz a ese amor infantil, ese amor por el que Anita perdió un tornillo y se pensó señorita en edad casadera, en vez de necia, vieja y majadera.

Anita lloró y lloró, lloró tanto que no cupieron más lágrimas en aquel convento de las clarisas, arrasando ese patio donde ya no crecerían más margaritas, e inundando la biblioteca donde solo cabían libros de santos. Y lloró tanto que sus hermanas desde el pueblo la escuchaban si dormían con la ventana abierta, y siguió llorando hasta que la mató la pena. «Anita la 'malcasá' entregó la cuchara», decían en el pueblo. Anita murió de locura, Anita murió de soledad, de remordimientos, murió como mujer promiscua, loca y mal enamorada. Y su cuerpo deshabitado perdió la luz recordando a Francisco, aquel hombre en edad casadera que un día le prometió el mundo de las mujeres honradas.