Álvaro BeckerPor Álvaro Becker25 JULIO 2026

En el año 2000, un niño de 13 años dejó Rosario para llegar a uno de los clubes más importantes del mundo: el Barcelona. Allí no solo recibió el tratamiento con hormona de crecimiento que necesitaba. Aprendió una manera de entender el fútbol. Le enseñaron que la pelota era la protagonista. Había que cuidarla, disfrutarla y hacerla hablar.

Con los mejores maestros y una alegría inagotable por jugar, comenzó a mostrar un talento nunca antes visto. Algunos cronistas hicieron piezas memorables sobre él. Lo llamaban “Messi es un perro” por su increíble capacidad para levantarse una y otra vez después de las innumerables faltas que recibía. Lo golpeaban, pero nunca dejaba de jugar.

Aunque en Argentina no siempre fue así. Durante años fue señalado como “pecho frío”. Muchos sentían que no representaba el carácter que esperaban de un líder de la selección.

Con el paso del tiempo, Messi también cambió. Empezó a reclamar más, a discutir, a entrar en el juego psicológico del rival. El “¿qué mirás, bobo? Andá para allá” fue, para muchos, el momento en que acabó de convertirse en ese argentino desafiante que gran parte de su país quería ver. Ya no era solo el chico que hablaba con la pelota; también competía con la dureza que exige el alto rendimiento.

Quizás fue inevitable. Quizás era la única forma de sobrevivir. O de ganar. Pero el destino tiene esas ironías que solo el deporte puede escribir.

Veintiséis años después, en la final del Mundial, España le recordó a Messi el fútbol que había aprendido cuando llegó siendo un niño a Barcelona. España cuidó la pelota, la movió con paciencia, la respetó y buscó ganar jugando. Argentina, en muchos momentos, pareció más preocupada por interrumpir, reclamar, presionar y llevar el partido al límite. Fue como ver al viejo Messi enfrentarse al nuevo.

Y, al menos ese día, ganó el primero.

No porque uno sea mejor persona que el otro. Ni porque competir con intensidad sea incorrecto. Sino porque el fútbol, cuando alcanza su máxima expresión, suele premiar a quien mejor trata la pelota.

Ese niño que llegó desde Rosario para aprender a jugar quizás nunca estuvo equivocado. Porque, al final del día, por encima de las polémicas, las provocaciones y la picardía, el fútbol siempre termina recordándonos una verdad: el fútbol siempre gana. Y qué ironía más hermosa: el mismo fútbol que convirtió a Messi en el mejor jugador del mundo fue el que, 26 años después, terminó derrotándolo.

Por Álvaro Becker, presidente, director general creativo y socio de BBDO Chile.

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