12 de julio, 2026 - 06h30

Hemos leído con no poca sorpresa, pero con sana admiración, las notas de prensa internacional indicando que el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, de la actual Administración del presidente Donald Trump, ha adoptado como política nacional la agricultura regenerativa. No nos imaginábamos que un líder que alentaba el negacionismo del cambio climático, por su origen y consecuencias, sea el autor de ese logro ambientalista en línea con la ONU que ha concluido que dicho fenómeno es obra de humanos por el uso exagerado de combustibles fósiles como fuente de energía para la ejecución de actividades productivas; sin embargo, es encomiable que un jefe de Estado de esa categoría haya resuelto instituir incentivos concretos a favor de agricultores que acojan esa vía para desarrollar sus cultivos, especialmente de maíz, soya, sorgo y canola, como materia de biocombustibles, menos dañinos al medioambiente, hecho que constituye un verdadero espaldarazo para el avance de esa forma de hacer agricultura y un gran estímulo para los activistas que la impulsan.

La agricultura regenerativa tiende a recuperar la salud de suelos agrarios deteriorados por distintas causas acercándolos a su estado originario, es decir, no contaminados ni degradados, sanos, con una aceptable fertilidad, especialmente en los primeros 20 centímetros de su perfil, donde conviven armónicamente miles de millones de microorganismos indispensables para la nutrición de las plantas, siendo básicos para la producción alimentaria. Los actuales suelos padecen de diferentes averías debido a la erosión en todas sus manifestaciones, la aplicación de pesticidas tóxicos y malas prácticas de preparación de siembra. Lo interesante de esta ecuación es que hay maneras de revertir ese vicioso deterioro, aplicando precisamente los términos de esta propuesta agrícola, antes olvidada, ahora reivindicada por el presidente Trump, empleada por labriegos de antaño, está adquiriendo una magnífica actualización científica y técnica dentro de la onda planetaria imperante de no utilización de pesticidas químicos, reemplazándolos con orgánicos y devolviéndoles a los suelos sus condiciones primigenias.

Analistas norteamericanos conceptúan que esa práctica dejó de ser una mera presentación de intenciones de conservación de suelos, tiene financiamiento y, sobre todo, apoyo político hacia mejorar la producción, contribuir a la salubridad de los consumidores, evitar el daño medioambiental y crear rentabilidad a los agricultores, bajo un esquema de planificación, con facilidades de registros computarizados, con resultados económicos favorables para todos los actores. La interesante orden ejecutiva del máximo mandatario marca un ejemplar rumbo mundial, es darle fuelle a una actividad antes constreñida a los claustros académicos o a círculos profesionales, abriéndole un espacio de realizaciones otrora inalcanzables.

A nuestro entender es una actividad proclive a la emisión de bonos negociables, similares a los de huella de carbono, pues ambos conducen a objetivos comunes, como disminuir las emisiones, minimizar el impacto del cambio climático y mejorar la rentabilidad agrícola. (O)