Por Lucas Palacios20 JULIO 2026
En Estados Unidos, es creciente el número de empresas de inteligencia artificial (IA) que contratan a filósofos. Más allá de los programadores e ingenieros que las industrias tecnológicas requieren, el pensamiento crítico está emergiendo como una necesidad cada vez más relevante e insustituible en un contexto en donde pareciera que todas las respuestas las entrega la máquina y en forma inmediata. Lamentablemente, la mayoría de los usuarios de la IA cuestionan cada vez menos las respuestas de los algoritmos, a cambio de la productividad prometida, de la inmediatez que reemplaza el esfuerzo crítico.
El mundo avanza rápido y, si queremos hacerlo sobre seguro y respetando la esencia creadora del ser humano, debemos buscar respuestas no solo automáticas e inmediatas, sino asertivas, éticas y contextualizadas. Aquí es donde el método de reflexión socrático basado en el diálogo (mayéutica), el cual busca depurar argumentos y desnudar contradicciones, se ha transformado en una corriente de contrapeso necesario para los modelos de IA. En esta línea, hay empresas que han desarrollado su propia constitución de reglas y principios para evitar acciones alucinatorias, inseguras o poco éticas.
Por ejemplo, Anthropic publicó este año un documento de 78 páginas con textos filosóficos, Declaración Universal de Derechos Humanos, entre otras referencias significativas, que ha sido denominado por sus trabajadores como el “documento del alma” de Claude. Se trata del marco ético conceptual desde el cual se rigen las búsquedas del asistente de inteligencia artificial. Este tiene por finalidad reconocer que el conocimiento moral está en permanente evolución, que debe existir un equilibrio entre diversas posturas para evitar sesgos, incluir matices y favorecer la reflexión. Asimismo, los sistemas de búsqueda favorecen la estabilidad sicológica de sus usuarios, abordándolas desde la seguridad y la ética.
Es evidente que estos elementos hacen del uso de la IA una experiencia menos aduladora y condescendiente con las personas, pues les exige algo más que la expectativa de una respuesta rápida y adaptada a sus perfiles reconocibles. Esto no es trivial, ya que la complacencia, así como la búsqueda de hiperproductividad, están fuertemente arraigados en nuestra cultura. Buscamos reafirmación de nuestras convicciones, antes de un cuestionamiento a las mismas. Y esperamos soluciones inmediatas a nuestros problemas, antes que ir forjando procesos que nos permitan construir respuestas integrales, pensando en el bien común. Parafraseando a Platón, podríamos afirmar que ningún aprendizaje profundo se alcanza de una sola vez, pues el alma debe acostumbrarse gradualmente a contemplar la verdad.
La necesidad de filósofos que contrapesen los sesgos que puedan estar presentes en los algoritmos de la inteligencia artificial corresponde a una voz de alerta y una oportunidad al mismo tiempo. La IA es una herramienta fabulosa, pero no puede vaciar la capacidad de pensamiento crítico que tiene el ser humano para construir una sociedad que brinde espacio a todas las personas. Debemos aprender a dominar al hiperquinético y cortoplacista que hemos alimentado, siempre escaso de tiempo para reflexionar y con tiempo de sobra para mirar las redes sociales. La IA debe estar al servicio nuestro y no al revés. La IA solo habrá tenido sentido futuro si la ponemos al cuidado del ser humano y del bien común.
Por Lucas Palacios Covarrubias, Rector INACAP
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