Desvelada: crónica de un desvelo oriental - LA NACION

En mis noches desvelada hago todo aquello que los expertos en sueño indican no hacer. Manoteo en la oscuridad hasta sentir la tranquilizadora forma de mi teléfono; a tientas, pero con preocupante precisión, ingreso mi clave para desbloquearlo. Sin luz no reconoce mi cara. No lo culpo, yo tampoco querría verme en estas madrugadas en vela. Levanto la sábana y me cubro apenas para que la poca luz no llegue a mi marido y arruine también su sueño. Deslizo mis dedos por la pantalla y abro un solitario de mahjong con la precaria sensación de superioridad de creerme que es mejor que jugar al Candy Crush o el patológico escroleo de redes sociales. Hace años que lo hago. Se abre el tablero de fichas: círculos, caracteres chinos (o eso creo), dragones, plantas, vientos… Es todo un engaño. Lo único que tengo que hacer es encontrar pares idénticos hasta que todas las fichas desaparezcan de la pantalla y yo pase al siguiente nivel. No mucho más difícil que el juego de la memoria que jugaba en el jardín de infantes.